El viaje fue agradable y nos dejó, como teníamos previsto, en la estación Rifredi de Florencia, que no es la más céntrica (Santa María Novello).
Cuando elegimos el tren que nos llevaría desde Roma a Florencia, priorizamos el precio y el horario. Con esas restricciones la elección recaía en trayectos que finalizaban en la estación Rifredi. Hubiéramos preferido llegar a SMN (Santa María Novello), que en el mapa se veía mucho más cercana a nuestro alojamiento (Hotel Le Due Fontane) pero nos animamos tras encontrar indicaciones muy precisas en el foro de Tripadvisor en inglés (a veces hay que ampliar la búsqueda para, aún con las dificultades de la traducción, encontrar ayuda muy valiosa). Llevé en mi Hoja de Ruta (transcrito a mano la noche anterior en un papelito) la indicación del bus que nos llevaría a 1 cuadra del hotel, a la Piazza San Marco, y la imagen grabada en mi retina de la parada a la salida de la estación donde lo esperaríamos.
Con esta previsión no tuvimos mayor dificultad al llegar: la salida de la estación y la parada del bus lucían exactamente igual que en la vista callejera de GoogleMaps. Un gran cartel me permitió corroborar que la línea recomendada era la adecuada y también tomar conocimiento de la cantidad de estaciones intermedias. En un quiosco compramos los boletos simples (no recuerdo con exactitud pero creo que salieron alrededor de 1,5 euros cada uno. El bus llegó enseguida y pudimos acomodarnos bastante bien con el equipaje. Todavía tenía cierta incertidumbre sobre si era la elección de transporte correcto, podíamos haber interpretado algo mal.. o tomado la dirección equivocada.
Afortunadamente en el interior del bus hay un sistema similar al del metro londinense, que informa con un cartel luminoso y a través de parlantes, la parada (fermata) actual y la próxima. Nos bajamos en la Plazza San Marco y seguimos la indicación que tenía registrada para caminar hasta el hotel:
Nos acomodamos en las dos habitaciones y con unas guías muy completas (con mapa) que nos proveyeron en el hotel, iniciamos la exploración. Algo extraño sucedía con el televisor de nuestra habitación, a poco de encenderlo andaba unos minutos y se apagaba, pero no era el momento de preocuparse mucho por ello; uno de los encargados se acercó a la habitación para mostrarnos el funcionamiento del conversor, pero no parecía que de eso se tratase el problema.
Alejo era el responsable ahora y la decisión fue utilizar el día siguiente para Pisa y Lucca. Eran alrededor de las 16:00hs y no nos quedaba mucho tiempo de luz. En camino al Duomo (estábamos a 2 cuadras), compramos un paraguas para Alejo (3 euros y aún vive). La lluvia era persistente y desertizaba las calles. El diseño urbano de Florencia es complicado; en el tiempo que estuvimos no llegamos a lograr esa sensación de dominio que siempre buscamos, quizás porque priorizamos conocer otras ciudades de la Toscana en los tres días de que disponíamos y la ventana de luz del mes de marzo no es propicia. Esa tarde tomamos contacto, bajo la lluvia, con la Plaza de la Señoría, hermosa en sí misma, con la copia del David y el grupo escultórico bajo las arcadas de la galería de la Loggia dei Lanzi. De allí hacia la margen del río y sus puentes, entre ellos el Vecchio, Con la lluvia y la oscuridad la mayoría de los escaparates estaban cerrados y decidimos volver. El camino de retorno fue por unas cuadras muy cosmopolitas, con locales de las marcas más exclusivas, entre ellas todo un edificio para Ferragamo por ejemplo. En el hotel le solicitamos al conserje nos sugiriera algún restaurant cercano y nos recomendó uno sobre la Piazza San Marco, a menos de dos cuadras de dónde estábamos.
Se trataba de un lugar clásico, no muy grande y definitivamente caro para nuestras preferencias. Allí quedaron 59 euros por 4 cenas compuestas de 1 plato de pasta (Omar creo que pidió carne), escaso y no muy rico, y bebida económica. Decidimos que lo nuestro, para este tipo de viajes, son los locales de comida rápida y tratamos de mantenernos en este rango el resto del recorrido.
De vuelta al hotel vimos abierto el bar y decidimos complementar la cena con una sobremesa. Alejo declinó y el resto nos tomamos sendos café, té y chocolate (7.8 euros) antes de ir a dormir.
Día 4
Lunes 11 de marzo
Por la mañana tuvimos nuestro primer encuentro con el desayuno del hotel.. momento cuasi místico en cada nueva escala. Afortunadamente, como en Roma, el desayunador abría temprano (a las 7). Superar el del Richmond no iba a ser fácil, pero el Due Fontane estuvo a la altura. Variado buffet con fiambres, frutas, yogurt, cereales, buena pastelería, una máquina de café que expendía café late, café solo, capuchino, chocolate y agua caliente para quien prefiriera té; jugos y galletitas. Completo, variado y abundante, nos permitió llenar los tanques para enfrentar un día movido.Munidos de las guías con mapa nos dirigimos hacia Santa María Novello, pensando aprovisionarnos en el Mercado de frutas y otras vituallas para la excursión toscana, pero resultó demasiado temprano. Nos conformamos con un Tutto por 99 cents, que encontramos abierto y cargamos algunas provisiones, básicamente galletas dulces y saladas envasadas. Algunos puestos del mercado de artesanos se estaban armando con cierto desconsuelo, previendo otro día lluvioso con ventas pasadas por agua. Reemplazamos en uno de ellos el paraguas de Milena, que había agotado su vida útil el día anterior. El pegamento de mis botas tampoco había resistido el embate de tanta agua, así que partir de ese momento mi calzado se limitaba a las zapatillas y eventualmente algún uso a préstamo de los borcegos de mi hija.
En Santa María Novello tuvimos nuestro primer encuentro con las máquinas de autoservicio para la adquisición de pasajes. El sistema es muy simple de usar, pero renegamos un poco con la tarjeta, después de varias pasadas la tomó y emitió un único boleto para los 4. Ya sabíamos, por nuestra investigación en foros durante la planificación, que era necesario validarlo en las máquinas que se encuentran al costado de los andenes, antes de abordar el tren. En el cartel central estaba claramente indicado, buscando la identificación del tren que figuraba en el boleto y su horario, el anden de partida. Sobre el anden también hay carteles que indican cuál es el tren que está arribando, su destino y horario de partida; imposible equivocarse. Para este tipo de trenes (de cercanía) no es necesario buscar un vagón ni asientos determinados. No tuvimos problema en ubicarnos y disfrutamos el trayecto a Pisa.
Pisa nos recibió con un enorme mapa a la salida de la estación,
donde Alejo verificó lo que recordaba: para llegar al Campo de los Milagros o Piazza del Duomo había que cruzar buena parte de la ciudad, incluyendo el Arno. Con una foto sacada con el i-pod al cartel suplió la guía olvidada de este lado del Atlántico. La primera parte del recorrido es más moderna, hasta llegar a una plaza amplia con fuente y monumento al rollizo Vittorio Emanuel II. Desde allí empalmamos con una peatonal bastante concurrida. Tratamos de aprovechar con el ipod de Alejo el WiFi gratuito de la comuna que se anunciaba en algunos carteles, pero exigía registrar un número telefónico, que no teníamos, y desistimos. La vidriera de KIKO ostentaba una promoción de máscara para pestañas a 3,9.. completamente irresistible: "Deme 2, y con tarjeta".
Pasado el lapsus consumista seguimos disfrutando de un paisaje que poco a poco se volvía más amenazante, desde un punto de vista climático. Cruzamos el Arno por el Ponte di Mezzo desembocando en Piazza Garibaldi, y después de media hora de caminata, pasando por la Scuola Normale Superiore, divisamos la torre y se abrió ante nosotros la Piazza del Duomo, hermosa con su césped brillante y cuidado (pese a la muchedumbre, se respetaban los carteles que prohibían pisarlo so pena de multa) bajo un cielo gris cargado. Enormes colas para subir a la torre. Nosotros ya habíamos definido que no lo haríamos. Recorrimos el enorme Campo de los Milagros observando el Presbisterio, el Duomo, la Torre. La cantidad de adolescentes en grupo era llamativa, parecía Bariloche en julio, pero con una algarabía ordenada y respetuosa. Intrigados, intentamos conversar con dos jovencitas que en italiano, ayudadas por un inglés bastante rudimentario, nos dieron a entender que era una actividad organizada, como un viaje de estudios con examen incluído, todos los años, para los últimos años de los colegios secundarios (suponemos que de la zona, la propia Pisa tiene una impresionante actividad universitaria). Tras intentar sin éxito las fotos sosteniendo la torre (es graciosa la cantidad de gente en la misma posición en el sector de césped que aparentemente es óptimo para la toma), y un poco asustados por el tinte que tomaba el firmamento, emprendimos el regreso, pasando por la curiosa iglesia de Santa María della Spina, con sus pequeña planta rectangular y sus frentes góticos, casi colgada sobre el Arno. Desandamos el camino hasta la estación y adquirimos nuestros boletos a Lucca con cierta tranquilidad. Afortunadamente conseguimos asientos ya que pocas paradas más adelante, buena parte de la horda estudiantil abordó el "conwoy". Fue una experiencia peculiar, bastante más cercana a nuestros colectivos urbanos sobre el mediodía, pero sin cumbia y con la ventaja de no entender el idioma. La verdad es que, pese al amontonamiento, las risas, y algún pequeño empujón fueron tranquilos. Bajamos prácticamente sobre las vías, que tuvimos que cruzar para llegar a la estación; evidentemente Lucca era una ciudad mucho más pequeña. En los andenes vimos sangre, oímos gritos y entendimos que los adolescentes de otro vagón no habían sido tan ordenados como los que nos tocaron en suerte. Por alguna extraña razón la multitud se dispersó por otros destinos y nos encontramos completamente solos, como en casi todo nuestro recorrido por Lucca.
A falta de cartel con mapa, en Lucca adquirimos uno en el kiosco de revistas de la estación a 4 euros.
Lucca es una ciudad medieval amurallada, con un intrincado diseño interior de callecitas estrechas empedradas, sin veredas (o sin calzada, como se quiera ver), arcadas y pasajes, como Siena, pero en este caso la muralla y sus puertas están intactas. Por fuera es una ciudad corriente, con avenidas y comercios similares al resto, pero cruzar alguna de sus enormes puertas equivale a ingresar en la máquina del tiempo, configurada para retroceder 500 años o más.
El cielo completamente cubierto, las copas de los árboles peladas, el verde intenso del césped que rodea la muralla, la soledad, el silencio y la propia muralla nos brindaron en su conjunto un recibimiento onírico. Caminamos un poco por el camino sobre la muralla e ingresamos a Lucca por la Piazza San Martino, frente a la catedral. La lluvia arreciaba a ratos e ingresamos a la catedral, más para guarecernos que por visitarla. Igualmente sólo pudimos permanecer en una especie de recibidor, con una exposición y venta de souvenirs relacionada a Giacomo Puccini, ya que para visitar la catedral hay que pagar.
Bajo paraguas y capuchas pasamos por la Plaza San Miguel y su iglesia homónima, con las columnas superiores todas distintas, la casa de Giacomo Puccini, y llegamos a la Piazza del anfiteatro. Hoy veo fotos en la web de esta plaza y es difícil pensar que es el mismo escenario de las nuestras. Se trata de un círculo completamente rodeado de edificaciones, al que se accede desde callecitas estrechas por portales. En el interior, días corrientes, hay puestos, confiterías y movimiento. Nosotros estábamos solos.. los bares mejor montados, con gazebos, estaban desolados y todos los negocios que circundan cerrados. Saliendo pasamos por la Iglesia de San Frediano y caminamos por algunas calles más comerciales, con algunos escaparates curiosos como uno dedicado a banquetas..Encontramos un pequeño barcito abierto y merendamos. Era un lugar muy pequeño, con una sola mesa y 2 banquetas altas y una única dependienta, que cobraba, hacía los cafés o chocolates, horneaba en el fondo y servía. Probamos una torta muy tentadora y tomamos algo calentito (8.3 euros), pero lo escueto de las instalaciones no nos permitió satisfacer otras necesidades que comenzaban a hacerse acuciantes.
En todos estos lugares los baños públicos son pagos (entre 1 y 2 euros), incluso en las estaciones de trenes, y pocos comercios los tienen para uso del público, ya que en general son locales muy pequeños. Es bueno aprovechar siempre los baños de los trenes, que son limpios, están perfectamente equipados y son gratuitos.
Decidimos hacer un recorrido por la muralla antes de volver. Desde allí divisamos el Palazzo Pfanner y sus jardines y tomamos algunas fotos muy bellas ayudados por la luz un poco fantasmagórica de una tarde desasosegada.
A falta de cartel con mapa, en Lucca adquirimos uno en el kiosco de revistas de la estación a 4 euros.
Lucca es una ciudad medieval amurallada, con un intrincado diseño interior de callecitas estrechas empedradas, sin veredas (o sin calzada, como se quiera ver), arcadas y pasajes, como Siena, pero en este caso la muralla y sus puertas están intactas. Por fuera es una ciudad corriente, con avenidas y comercios similares al resto, pero cruzar alguna de sus enormes puertas equivale a ingresar en la máquina del tiempo, configurada para retroceder 500 años o más.
El cielo completamente cubierto, las copas de los árboles peladas, el verde intenso del césped que rodea la muralla, la soledad, el silencio y la propia muralla nos brindaron en su conjunto un recibimiento onírico. Caminamos un poco por el camino sobre la muralla e ingresamos a Lucca por la Piazza San Martino, frente a la catedral. La lluvia arreciaba a ratos e ingresamos a la catedral, más para guarecernos que por visitarla. Igualmente sólo pudimos permanecer en una especie de recibidor, con una exposición y venta de souvenirs relacionada a Giacomo Puccini, ya que para visitar la catedral hay que pagar.
Bajo paraguas y capuchas pasamos por la Plaza San Miguel y su iglesia homónima, con las columnas superiores todas distintas, la casa de Giacomo Puccini, y llegamos a la Piazza del anfiteatro. Hoy veo fotos en la web de esta plaza y es difícil pensar que es el mismo escenario de las nuestras. Se trata de un círculo completamente rodeado de edificaciones, al que se accede desde callecitas estrechas por portales. En el interior, días corrientes, hay puestos, confiterías y movimiento. Nosotros estábamos solos.. los bares mejor montados, con gazebos, estaban desolados y todos los negocios que circundan cerrados. Saliendo pasamos por la Iglesia de San Frediano y caminamos por algunas calles más comerciales, con algunos escaparates curiosos como uno dedicado a banquetas..Encontramos un pequeño barcito abierto y merendamos. Era un lugar muy pequeño, con una sola mesa y 2 banquetas altas y una única dependienta, que cobraba, hacía los cafés o chocolates, horneaba en el fondo y servía. Probamos una torta muy tentadora y tomamos algo calentito (8.3 euros), pero lo escueto de las instalaciones no nos permitió satisfacer otras necesidades que comenzaban a hacerse acuciantes.
En todos estos lugares los baños públicos son pagos (entre 1 y 2 euros), incluso en las estaciones de trenes, y pocos comercios los tienen para uso del público, ya que en general son locales muy pequeños. Es bueno aprovechar siempre los baños de los trenes, que son limpios, están perfectamente equipados y son gratuitos.
Decidimos hacer un recorrido por la muralla antes de volver. Desde allí divisamos el Palazzo Pfanner y sus jardines y tomamos algunas fotos muy bellas ayudados por la luz un poco fantasmagórica de una tarde desasosegada.
Salimos por la Puerta de San Pedro y volvimos a la estación. El tren que nos llevó de regreso a Florencia (28 euros) era de dos pisos y a estrenar. Tuvimos el vagón (y no sé si el tren) para nosotros solos, con un baño más espacioso que el de nuestra casa. Aprovechamos el recorrido para planificar el día siguiente, sabiendo que no nos sería posible visitar todos los museos florentinos y ayudados por la guía que nos dieran en el hotel donde figuraban los horarios de apertura y cierre de la mayoría de ellos, El plan quedó así: por la mañana Siena, y por la tarde el Duomo y la Gallería della Accademia.
Arribamos a Florencia casi de noche. Logramos recorrer el mercado de artesanías pero llegamos tarde para comprar los buzos de Universita di Firenze con tarjeta. La mayoría de los puestos corresponden a locales más "formales" que se encuentran en la cercanía. Para abonar con tarjeta debíamos hacerlo en el local, que ya había cerrado. La recorrida incluyó una peatonal comercial donde arovechando una liquidación, Milena se hizo de unos lindos borcegos rojos con piel en el interior a 10 euros. La cena de esa noche decantó por un local de comida china a dos cuadras del hotel. Ofrecía variaciones con arroz (pollo, camarones, etc.) y platos de carne. Se ordenaban en el mostrador y se comían en mesas altas (justo lo que buscábamos después de la onerosa experiencia "gourmet" de la otra noche), con palitos o tenedor. Nos salió todo 24 euros y quedamos muy conformes.
De vuelta al hotel advertimos un movimiento inusual. Valijas en los pasillos, grupos numerosos de adolescentes y carteles anunciando horarios..mmmm..
Nuestro televisor seguía en las mismas condiciones y pedimos que lo cambiaran, por esas cosas de la organización parece que era más sencillo cambiarnos a nosotros y allí fuimos, con nuestros bártulos, un piso más arriba a una habitación triple.
La conexión a Internet era malísima. Intenté en vano enviar un mail desde la habitación. Pensando que con mejor señal aumentaría la probabilidades de concretar hazaña tan poco ambiciosa, bajé al loby e intenté desde allí.. sin mejor suerte. Esa noche no fue tan apacible aparentemente, hubo ruidos de los que me anoticié al día siguiente ya que yo duermo igual, pero Omar tuvo que encender la calefacción para tapar con su ruido monótono pero intenso, el barullo exterior.
Día 5
Martes 12 de marzo
Nos levantamos temprano con la expectativa de reproducir el desayuno del día anterior antes de partir para Siena. Ya en las escaleras nos encontramos con grupos madrugadores que se organizaban para ocupar mesas. El único mozo encargado de reponer, limpiar mesas y vaya uno a saber cuántas cosas más, nos indicó como pudo que nos arregláramos con los lugares que encontráramos vacíos. Así, compartimos una mesa con estudiantes españoles. Mientras terminaba mi café vi a uno de ellos aprovisionar su mochila con fruta, galletitas envasadas y un sandwiche prolijamente armado y embalado en una bolsa de papel que traía al efecto. Si bien fue más complicado acceder a toda la variedad de alimentos y ésta había mermado en relación al día anterior, pudimos alimentarnos apropiadamente.
Cargamos nuestros paraguas, las galletas que habíamos comprado el día anterior y no habíamos consumido, la botellita de agua y partimos hacia la estación. Los boletos a Siena nos salieron 34 euros; el viaje fue tranquilo y desembocamos en una estación muy grande y moderna, por cuyo interior subimos por escaleras mecánicas, rampas y escaleras ordinarias durante 20 minutos más o menos. Al salir un mirador compensa la subida. Me cuesta reconstruir nuestro itinerario con las fotos y la información que encuentro en la web. Aquí Alejo se manejó con un mapa que Carla le había prestado a Omar, y tras ver una enorme puerta o arco, nos sumergimos en la ciudad. Una de las primeras vidrieras que encontramos exhibía armaduras y todo tipo de elementos medievales a escala natural. Pasamos por algo parecido a una escuela de música o conservatorio (se escuchaban prácticas desde el exterior) con un patio trasero enorme, desde allí a una especie de centro cívico con plaza ordinaria (como las nuestras) y edificios públicos, seguimos hasta la Basílica de San Doménico, enorme iglesia gótica con el frente en ladrillos y enormes pinos a la entrada. Este estilo de iglesias, a diferencia de las barrocas, tienen la particularidad de parecer por fuera mucho más grandes o monumentales que en su interior. Al ingresar nos encontramos con una planta amplia, despojada y bastante austera, donde no se pueden sacar fotografías. Aparte de unos grandes murales, nos llamó la atención la cabeza real de Santa Catarina, en su altar. Averigüé después que el cuerpo de la santa está en Roma, también exhibido. En ese momento no conocía la historia, pero sin duda me impresionó lo suficiente para indagar después.. si lo que leí es correcto, sospecho que el santoral católico es un compendio pre freudiano bastante variado de casos psiquiátricos.
Desde allí, pasando por el estadio comunal nos adentramos finalmente en el casco antiguo, en la verdadera Siena. Si bien el diseño y el contexto es similar a Florencia o Lucca, Siena parece estar sobre un terreno más sinuoso, con elevaciones que empinan sus callejas mucho más que en las otras. Corredores estrechos, empedrados, donde parece imposible que pudieran circular vehículos, y no solo lo hacen sino que también los dejan estacionados contra unos topes que hay entre los adoquines, con curvas que es difícil entender cómo pueden ser sorteadas.Sobre los muros enormes argollas de hierro, como aldabas huérfanas, nos plantaron la duda sobre su función. Pasamos por el convento y la casa natal de Santa Catarina y vimos un restaurant montado en la vereda con dos mesas:
Un verdadero primor.
Arribamos a nuestra próxima escala: El Duomo. La catedral de Siena es muy similar en su exterior (el mármol rosa, verde y blanco, y el tipo de ornamentos) a la de Florencia. Alejo nos había instruido sobre la histórica competencia entre las dos ciudades y el proyecto inconcluso que ahora apreciábamos, con la particular torre al fondo, en la que a medida que aumentan los pisos, se incrementa el tamaño de la abertura central y el número de columnas en el interior de la misma (de 0 a 5). Camino a la Piazza del Palio, ingresamos al patio del Palazzo Chigi Saracini, con su hermoso aljibe central, alcancía de deseos con destino internacional.
Tras un portal se abrió ante nosotros la Piazza del Palio, enorme explanda de ladrillos, ligeramente inclinada y rodeada completamente por edificaciones. Sobre el fondo, en la parte más elevada, la Fonte Gala, diametralmente enfrentada al Palazzo Comunal con su Torre del Mangía. El cielo estaba despejado y el sol entibiaba a los numerosos grupos, generalmente de jóvenes, que sentados en el piso estudiaban, leían, conversaban o almorzaban. Hicimos frugalmente lo propio con nuestras galletas (las almorzamos, no las leímos) y luego vimos hasta dónde podíamos ingresar al Palazzo sin pagar entrada. El Palazzo Público, apenas traspasar su enorme puerta, presenta un patio y allí la boletería, requiriendo una entrada de 8 euros para subir a la Torre, y de 13 para incluir la visita al Museo Cívico
El diseño circular de la Piazza nos complicó un poco la salida, creyendo alejarnos en cierto momento nos encontramos ingresando otra vez.. Con la ayuda del mapa y cierta desorientación buscamos la salida que nos llevara a la estación. Creo que caminamos de más y nos encontramos de pronto sobre la parte moderna, con autobuses y tráfico, viendo la confluencia de vías ferroviarias pero no la estación.
Durante el viaje de regreso, cerca de las 16:00hs. decidimos tratar de llegar al Duomo (Santa María del Fiore), directo desde la estación para aprovechar el ingreso antes de la hora de cierre (creo que era a las 17:30). La Gallería della Academia cerraba a las 19.
Pudimos apreciar el interior del Duomo, desafío cervical con sus paredes altísimas, los frescos como el de Dante y la Divina Comedia, de Michelino, y la enorme cúpula de Brunelleschi con la representación del Juicio Final en niveles.
Llegamos a la Academia cerca de las 18hs. Había cola para ingresar pero no tuvimos que esperar demasiado. Nos costaron 26 euros las 4 entradas, pudimos abonar con tarjeta, pero no sacar fotografías. El David resulta impresionante y merece la contemplación. Lo preceden varias estatuas de Miguel Angel de gran tamaño, inconclusas. El resto del museo ofrece algunas obras de gran tamaño, recientemente restauradas, un taller de escultura, con video explicativo, y gran cantidad de moldes en yeso de obras importantes cuyos originales en mármol se encuentran en otros museos; y una gran colección de retablos y pinturas de los siglos XII a XV aproximadamente, principalmente religiosas y con la técnica del dorado a la hoja. En su conjunto resulta un poco agobiante y bastante monótono.
Al salir, volvimos hacia la Piazza de la Signoría, tratando en el trayecto de localizar un restaurant con un cartel interesante que había creído ver esa mañana. Si bien habíamos quedado muy satisfechos con nuestra experiencia gastronómica oriental, por regla no me gusta repetir. La búsqueda fue infructuosa, sospecho que quizás el local estaba donde pensaba, pero el cartel refería a alguna oferta de mediodía y no lo sacaban por las noches. Terminamos en un comercio que vendía comida al peso y pizza, atendido en el mostrador por un mexicano, con gran cantidad de mesas y salones hacia el interior. Todos pedimos pizzas y nos instalamos en un salón con una estética bastante decadente (gran espejo manchado, potus plásticos, pintura obsoleta), enfatizada por la falta de comensales.
Esperábamos repetir la experiencia de la noche anterior en el bar del hotel, pero estaba cerrado. Alejo se quedó y el resto salimos a buscar donde tomar un té antes de ir a dormir. No nos alejamos del hotel, pero el movimiento era mínimo. Seguía lloviznando, los comercios estaban cerrados pese a no ser tarde. En la Piazza del Duomo encontramos un barcito donde consumimos dos tés tibios, un chocolate y un waffle on nutella (es la debilidad de mi hija), por 11 euros.
Día 6
Miércoles 13 de marzo
Uno de los contingentes del hotel había desaparecido y, si bien no estábamos tan solos como el primer día, fue bastante más tranquilo que el segundo. Apenas asomarnos fuera, nos desmoralizó una lluvia pesada.. nos mantuvimos un rato bajo las arcadas de la Piazza de la Annunziata, pero como no amainaba, decidimos tratar de recorrer lo más posible dadas la circunstancias. Compramos los 2 buzos para los chicos en el puesto que habíamos visto, 15 euros cada uno con una remera bordada de regalo. Milena regateó por una billetera (10 euros). El mercado de artesanías de Florencia destaca por sus artículos de cuero, no vimos lo mismo en las otras ciudades que visitamos. Muy buenas carteras, billeteras, cintos, de un cuero colorido y muy bien trabajado. Pasamos por la Iglesia y por la casa del Dante y volvimos a la Piazza de la Signoría, para apreciar mejor las estatuas de la Gallería de la Logia dei Lanzi, la fuente de Neptuno, el monumento a Vittorio Emanuelle II, Sobre la Plaza se encuentran también el Palazzo Vecchio y la Galería de Uffici. Los recorrimos por fuera y fuimos hacia el río. Otra vez cruzamos el Ponte Vecchio, con sus comercios mayormente cerrados y poca gente circulando. Nos llamó la atención una estatua (de Benvenuto Cellini ¿?), bordeada por una reja, en la que centenares de candados quedaron como testimonio persistente de amores que quizás no lo fueron tanto.
Terminamos el itinerario frente al Palazzo Pitti.
A las 12:15 nos esperaban nuestros asientos en el coche 5 del Frecchiargento (este era de los rápidos) a Venecia. El Due Fontane fue el único hotel de todo el recorrido en el que nos permitieron pagar el impuesto municipal de 36 euros con tarjeta.
Disintiendo con muchas de las opiniones que había leído en cuanto a que Florencia es un destino para 1 o 2 días, me quedó la sensación de que los 3 insumidos no alcanzaron. Seguramente la decisión de utilizar día y medio en otros lugares como Lucca, Pisa y Siena, la lluvia, la reducida ventana de luz de esta época del año y los restringido horarios de visita de las atracciones, conspiraron para terminar con la sensación de que no llegué a internalizar la ciudad como hubiera querido. Sin resignar ninguna de las ciudades, quisiera haber tenido más tiempo para recorrer la propia Florencia y quizás recorrer alguno de los otros museos que sólo vi por fuera. Pero es cierto que el tiempo es un bien escaso para el viajero inquieto.