miércoles, 13 de marzo de 2013

Venecia, Murano, Burano y Torcello

Llegamos en horario después de un viaje tranquilo de poco más de 2 horas en un tren de última generación. La estación de Santa Lucía está en la isla de Venecia, por lo que el tren cruza el enorme puente que la comunica con el continente, brindando al viajero desprevenido el primer vistazo de vaporettos, taxis flotantes, aerobuses y profusión de muelles..Uno llega sabiendo la peculiar geografía en la que va a adentrarse, lo que amortigua bastante el factor sorpresa, pero no llega a anularlo.
Apenas salidos de la estación buscamos el puesto de Venice Connected donde debíamos comprar las Rolling Venice para los chicos, y una máquina de autoservicio en la que debía retirar los tickets de Omar y mío, para lo cual  tenía impreso el PIN.  La Rolling Venice en sí no es más que una guía para jóvenes hasta 25 años que en otros tiempos incluyó descuentos interesantes pero ya no, al menos para nosotros que no pensábamos ingresar a museos o palacios en Venecia. Ni siquiera tiene un mapa que valga la pena. La única ventaja es que permite comprar el pase para los vaporettos con descuento. No se puede adquirir por Internet. Después de esperar a la salida de la estación que nos atendieran en un puesto de ACTV, nos derivaron a las boleterías del embarcadero. 
Compramos los boletos de los chicos incluyendo el viaje hasta el aeropuerto en bus ya que de esta manera salía unos euros menos; en total fueron 44 euros por los dos. Los nuestros los habíamos comprado de igual manera por Internet, pero nos salieron 78; retirarlos de la máquina resultó sencillo. Los tickets son unos cartoncitos endebles, terriblemente fáciles de perder, sobre todo en un entorno ventoso y con agua o tablones bajo tus pies. 
La validación se realiza en unas máquinas que leen por proximidad en el ingreso de cada embarcadero. Cada uno acercó al aparato su ticket, éste emite una señal sonora sin entregar nada a cambio. 

El Hotel estaba muy bien ubicado, a menos de dos cuadras de la Piazza San Marco y media cuadra del muelle. 

Nuestra hoja de ruta indicaba tanto la ubicación del hotel, como las líneas de vaporetto que nos llevaban hasta allí. Tomamos la información de la página del hotel, aunque Milena había hecho un estudio bastante completo del sistema de transporte en Venecia, que nos facilitó mucho la estadía. Teníamos una opción rápida, que iba por afuera (4.2) y la otra con una navegación de cerca de una hora por el Gran Canal (Línea 1). Afortunadamente el primer vaporetto en arribar al embarcadero correspondía a la primera alternativa y en 20 minutos estábamos desembarcando con nuestras valijas en el muelle de San Zacarías.
Si bien el plano parecía bastante claro, la calle Rasse (en Venecia las calles son "calles" y no "vías" como en el resto de Italia, particularidad de las diferencias dialécticas en las que nos instruyera nuestro guía en la fábrica de vidrio, pero falta para ello) no se presentó mágicamente ante nuestros ojos. Omar y Alejo se quedaron con las valijas mientras Milena y yo hacíamos una avanzada exploratoria para fijar el rumbo. Como suele pasar, iniciamos el recorrido hacia el lado contrario, donde destacaba una enorme estatua de... sí, otra vez, Vittorio Emanuelle II. Preguntamos a unos policías que nos indicaron el sentido correcto. Con esta información volvimos a buscar al resto del contingente y nos internamos, cruzando un puente, en la pequeña calle Rasse. Sobre ella divisamos sin inconveniente el cartel con una flecha que indicaba el hotel, situado en un callejoncito transversal. El callejón no era más ancho que un pasillo; allí estaba la puerta del Hotel que se abría directamente sobre una escalera empinada, completamente alfombrada en rojo, con varillas doradas, boiserie, y espejos laterales con apliques, generando un clima barroco que nos transportaba dos siglos en el tiempo. En general en Venecia, y sobre todo en la zona central, todas las edificaciones son "abigarradas", el espacio es un bien escaso y el ingenio constructivo debe sostenerse en esta base. Sin embargo, al menos para el caso del Hotel Lux, esto no implicó de ninguna manera resignar comodidad y encanto. Al finalizar la escalera (ni pensar en ascensores, por supuesto) te frena abruptamente el mostrador de recepción.. no hay sala de espera, ni loby, ni un descanso para dejar paso a quien suba detrás. No tuvimos ningún inconveniente con el check in: En todos los casos, habíamos tenido la precaución de confirmar por mail la compra realizada desde Argentina, y, salvo en Florencia, el resto de los alojamientos nos habían respondido. Subimos a nuestras habitaciones y seguimos maravillándonos. La de los chicos era más amplia e incluía hasta una especie de recepción. La nuestra era más pequeña, pero igualmente cómoda. Teníamos un pequeño placard que como el respaldo de la cama, estaba pintado a mano con motivos florales, el frigobar y tele de pantalla plana sobre un escritorio.. paredes enteladas, piso alfombrado, aberturas de doble vidrio y cierre hermético con cortinados de brocato. El baño moderno y muy amplio. 
Sobre el escritorio un cartel ofertaba la visita gratuita a una de las fábricas de vidrio de Murano. Como era una de nuestras excursiones previstas, decidimos preguntar en recepción y apuntarnos para el día siguiente.
Como aún era temprano, decidimos recorrer brevemente el muelle de San Marcos y cruzar con la línea 2 hasta la isla de San Giorgio Maggiore,Una vez ahí se puede visitar la iglesia de San Giorgio cuya entrada es gratuita. Existe la opción de subir al Campanille pero con un costo de 3€. Sabíamos que los horarios para visitar la isla ( con la iglesia abierta) eran: Todos los días de 9:00 a 12:30 y de 14:30 a 17:00 horas.
Después de ver los monumentos del muelle de San Marcos (y las pasarelas para el Agua Alta, que por fortuna no tuvimos que utilizar)y tras un cruce de no más de 5', desembarcamos en la isla de San Giorgio e ingresamos directamente a la iglesia. Habiendo ya transcurrido el tiempo, y acumulado iglesias a nuestro recorrido, resulta difícil recordar lo distintivo de cada una. Con algo de ayuda de Wikipedia y enlaces varios, y viendo las fotos que afortunadamente pudimos tomar (no todas las iglesias permiten fotografiar el interior) destaco los frescos de Tintoretto y un sector como un tribunal, con boisserie de madera oscura, que se iluminaba al insertar una moneda. De esto nos percatamos ya que unos japoneses lo hicieron y no terminaron de "utilizar" su tiempo, el resto del cual quedó plasmado en alguno de nuestros registros..Recorrimos el muelle, donde amarran muchos veleros y yates privados y vimos la entrada del complejo monacal que se encuentra tras la iglesia, cruzando con tiempo para ver con luz el puente de los suspiros, la Plaza San Marcos, el frente de la catedral y sus inmediaciones: El Florian, varias vidrieras con máscaras, el Hard Rock y un amarradero de góndolas de lujo frente a él. 
Al ver los carteles de los locales de comida, presentimos que encontrar un sitio a nuestra medida no sería fácil en Venecia. En el recorrido no habíamos visto supermercados ni locales de comida rápida. Desechando los restaurantes, optamos por un local moderno que ofrecía unos arrollados rellenos de verdura, o jamón (como sandwiches de miga envueltos, con poco friambre y mucha lechuga)  entre 5 y 7.5 €. Hacía mucho frío, pero como el precio era "para llevar" y comer sentados allí tenía un recargo, pudo más nuestro afán de ahorrar, salimos a la calle con alguna bebida gaseosa, mi botellita de agua y nuestras bolsitas con el bocado insuficientemente calentado. Comimos apoyados en las pasarelas cercanas a la Plaza San Marco y regresamos al hotel. Averiguamos por la conexión a Internet, que tenía un costo de 2 € la hora, fraccionable. Compramos una hora y con eso finalizamos nuestro primer día veneciano, sabiendo que el desayuno no se servía hasta las 8, lo que nos otorgaba una hora más de sueño y una hora menos de luz para nuestros recorridos.
Antes de dormir, mirando la tele, nos sorprendimos con la noticia de la elección de Francisco, Jorge Bergoglio, como el primer papa argentino. No somos religiosos, de hecho me declaro atea, y ni siquiera nacionalista, pero al escuchar el nombre de Bergoglio en el pequeño discurso en italiano en que se comunicó la designación, me recorrió un escalofrío, algo muy parecido a la emoción..

Día 7

Jueves 14 de marzo

Desayunamos a las 8, en un ambiente barroco y apretado, mucho espejo y brocato, rojo y dorado por doquier. Todas las mesas eran para dos, en nichos que apenas albergaban las tazas, el plato con las dos medialunas y las jarras de café y leche que nos acercó la moza. El "buffet" alcanzaba sólo a galletitas, pancillos, mermeladas, nutella, manteca, yogurt, cereales y jugo. De más está decir que hicimos honor a la oferta y a falta de variedad abundamos en cantidad. Satisfechos esperamos en el mostrador a que el recepcionista nos avisara la llegada de nuestro traslado a Murano. 
Como éramos los únicos huéspedes que hicieron uso de la opción en ese horario, disfrutamos de un "taxi"exclusivo. Nos acomodamos en la cabina cubierta de una lancha impecable y desde allí, a través de las ventanillas salpicadas de mar y lluvia, divisamos la isla de San Michelle, donde sólo hay un cementerio, antes de llegar a Murano. Arribamos al muelle de la fábrica y nos introdujimos directamente al taller donde se modela el vidrio, con sus hornos y la desprolijidad propia de un ambiente de trabajo. Nos guiaba un señor mayor, que habiendo residido en Argentina, manejaba un español perfecto. 
El recorrido preveía la observación de un maestro soplador en alguna de las etapas del trabajo, en nuestro caso un sombrero de buen tamaño que formaba parte de una escultura mayor, la visita en la planta superior a una exposición impresionante de piezas de arte en vidrio y cristal, de este y otros talleres, y por último la recorrida del salón de venta que ofrecía trabajos "comprables" y los mismos souvenir que en toda Venecia, pero un poco más caros. Aquí nuestro amable anfitrión nos depositó en las manos de una simpática y bellísima mexicana, para reiniciar el recorrido con un nuevo contingente. Nos esmeramos por alcanzar el mínimo de 30 euros que exigía el uso de la tarjeta de crédito en el local, y nos llevamos una simpática familia de chanchitos (para acompañar a las que ya teníamos, de gatos y patos, regalo de mis viejos), un perfumero (no los uso porque no sé cómo cargarlos con buen perfume, pero me encantan), y un par de aros con murina. La salida de nuestro recorrido operaba por el ingreso al local, desembocando en una calle comercial, sobre un canal central. En nuestro recorrido hacia el embarcadero, donde esperábamos tomar rumbo a Murano, después de ver y fotografiar enormes esculturas en vidrio que adornan los espacios públicos, descubrí con horror que no tenía mi pase de transporte. Inútil fue hurgar los bolsillos hasta el cansancio. Con pesar decidimos romper el plan del día y volver al hotel para ver si encontraba el cartoncito en la habitación o, en su defecto, encontraba alguna ayuda en las oficinas de ACCTV para recuperar el saldo. La familia insistió para que comprara el boleto que me llevara de vuelta a San Marco (algo así como 7 euros), pero preferí arriesgarme. 
Como era de esperar el boleto no apareció por ningún lado. La gente de la boletería del embarcadero de San Marco no me supo decir si había alguna posibilidad de recuperarlo y me envió de vuelta a Santa Lucía, donde estaba la máquina en la que lo había retirado con el pin impreso que aún tenía en mi poder. Después de avituallarnos (galletitas, básicamente) por 3 euros en una especie de supermercado, decidimos hacer el recorrido a pie (yo no disponía legalmente de otra movilidad) pasando por el puente y el mercado del Rialto, que de todos modos queríamos visitar. En el camino decidimos ingresar a la Catedral de San Marcos, para lo que es necesario hacer una cola no muy concurrida. El guardia de la puerta nos indicó la necesidad de dejar mochilas y bolsos en un guardarropas que queda a la vuelta. En el interior no es posible sacar fotografías, lo que sumado a las deficiencias de mi memoria me impiden recordar detalles. Si bien siempre tenemos disponible la web para estas lagunas, antes de recurrir a ella creo recordar como distintivo el "oro" de las venecitas en revestimientos y mosaicos.
El día era muy frío, estaba nublado y lloviznaba de a ratos. Nos adentramos entonces por los callejones venecianos, siguiendo en cada encrucijada los carteles que indicaban "A Rialto", "A Ferrovía" o "A Santa Lucía". Trato de reconstruir el itinerario a través de las fotos, no es fácil. Googlemaps no se interna en los callejones venecianos y recuerdo que veniceconnected.com propone unas vistas aún más realistas, quizás pueda identificar la plaza que por lo abierta no parece parte de Venecia, pero no. Llegados a la explanada de Santa Lucía buscamos el puesto de autoservicio e intenté repetir la operación con el PIN, Nada, un mensaje me comunica lo que ya sé, que el ticket fue retirado. Nos dirijimos a la ventanilla donde compramos las Rolling Venice de los chicos y allí me confirman que no hay nada que hacer, más que comprar un nuevo pase. Nos resignamos y cargamos otros 34 euros a la tarjeta (dos días más el traslado al aeropuerto). 
Desde Santa Lucía nos embarcamos en la línea 1, para navegar el Gran Canal hacia la Basílica de Nuestra señora de la Salutte. Aquí sí es posible tomar fotografías y gracias a ellas puedo reconstruir el interior. Se ingresa aun gran hall circular, acentuado por el piso de mosaicos rojos, negros y blancos en un diseño concéntrico y arañas de bronce con lamparitas que semejan pequeñas llamas rojas; sobre el fondo se encuentra el altar y los bancos, y todo alrededor distintos sectores, destacando uno con un trono completamente dorado. Hay pinturas de Tizziano y Tintoretto en la sacristía, cuyo ingreso es pago.
Nuevamente al vaporetto para volver al Rialto, allí tomamos unas fotos ante un embarcadero de góndolas de lujo y un vasito de vino caliente para contrarrestar el frío y emprender el retorno a San Marco caminando más tranquilos, una vez resuelto el trámite. Pegado al Rialto, un mercado de frutas nos tentó con manzanas y duraznos. El paisaje veneciano alterna calles muy cerradas, repletas de negocios y gente, con espacios más abiertos, como explanadas o plazas secas, generalmente ante alguna iglesia, y la ribera de los canales interiores, con sus puentes pequeños, bancos de plaza y muelles estrechos, bastante más desiertos. Fue anocheciendo y el paseo se focalizó en la necesidad de cenar. Estábamos en Cannareggio, un barrio al norte de la isla, más sofisticado y "moderno", con calles más amplias, especie de peatonales que por momentos olvidan recordarnos que estamos en Venecia. Localizamos un Mc Donald, lo que pasó a ser una opción pero siendo aún temprano continuamos por la misma calle hasta dar con un local que ofrecía comida al paso bastante variada. Optamos por unos panes rellenos (más tarde los comparamos con la pizza frita de Nápoles, pero hasta allí el único precedente era la comida que nuestros compañeros de tren desplegaron en el trayecto Roma-Florencia. Los complementamos con unos rollos de jamón y otros de anchoas, cerveza para Omar y no recuerdo si alguna gaseosa, todo salió 18.30 y pudimos pagarlo con la tarjeta. Cenamos en unos bancos en una explanada frente a una iglesia, con el viento gélido obligándonos a apurar el trámite. Desde el embarcadero más cercano volvimos a San Marcos. Tras bañarnos, y siendo aún temprano, decidimos con Omar salir a recorrer los alrededores, con ánimo de perdernos. La llovizna desertizó todo. Avanzábamos por un pueblo fantasma, ni siquiera se escuchaba el sonido de televisores, o movimiento tras las ventanas. Esporádicamente, donde había un pub o un restaurant, algo de vida que increíblemente se desvanecía a los pocos pasos. Algunos rincones eran dignos escenarios para películas de terror, sotopasos (como túneles) completamente oscuros, encrucijadas con estrechas y confusas alternativas en las esquinas, todo bajo luces mortecinas filtradas por la lluvia. 
Una especie de fuerza centrípeta atentaba contra nuestro afán de alejarnos y cada tanto nos descubríamos pasando una y otra vez por la misma vidriera de luminarias, que quedaba a pocos pasos del hotel. Vencidos por el frío y el cansancio cubrimos la poca distancia que nos separaba del descanso.
Antes de dormir, al chequear los mails en uso de mi hora de Internet me sorprendió un correo de Andrea, el dueño del B&B de Nápoles con quien habíamos acordado el traslado desde el aeropuerto, informándome que por un desperfecto en su auto, ésto último no sería posible. Para alguien tan estructurado como yo, ésto no era una buena noticia. Le respondí pidiendo indicaciones precisas sobre la alternativa de transporte público (horarios, lugares y recorridos) y me encomendé a Morfeo esperando que en vísperas de nuestro arribo Andrea no fuera tan remolón para responder como lo había sido durante la planificación.

Día 8

Viernes 15 de marzo

Tras el desayuno nos alistamos para retomar el paseo trunco del día anterior. Saldríamos temprano para Burano, para pasar luego a Torcello y retornar desde allí a Venecia. El vaporetto a Burano sale de Fondamenta Nova, en el lado norte de la isla. Nosotros estábamos en el sur así que desde allí buscamos la línea que nos acercara. Desde allí se inicia el trayecto hasta Burano, con parada intermedia en Murano. El tramo Murano-Burano es más largo, en total 1h desde Fondamenta Nova a Burano. Allí nos recibieron las casitas de colores y el sol. Burano es un pueblo de pescadores, famoso por sus encajes y las casas pintadas de colores diferentes y vivos. Recorrerlo es un placer vivificante. Venecia es bella, pero ciertamente agobia, tiene algo de denso, oscuro y decadente.. Burano es toda luz y color, es alegría. Los tendederos en plena calle, los escobillones y paraguas colgados junto a las puertas denotan tranquilidad y confianza, en contraposición a los inmigrantes ilegales que en San Marcos acechan con sus ofertas baratas a turistas con el mismo empecinamiento con que son a su vez acechados por la policía. Como llegamos temprano disfrutamos del paisaje antes del aluvión de turistas que sobre el mediodía pobló cada rincón. Llegamos hasta un muelle, vimos un campanario tan inclinado como la torre de Pisa, pero mucho menos famoso, compramos algunos recuerditos y frutas para el almuerzo (recuerdo las frutillas grandes como duraznos) y me dejé tentar por un mantel de lino reversible a 39 € que pagué con tarjeta. Pasado el mediodía tomamos el vaporetto que nos cruzó a Torcello. Son pocos minutos de navegación. Torcello ofrece un ambiente completamente contrastante. Es básicamente un pueblo fantasma. Fue la antigua capital de Venecia hasta que la peste selló su destino. Hoy los habitantes fijos no llegan a la veintena. Quedaron pocas edificaciones, o ruinas si se quiere. Cuando se desembarca un camino que bordea un canal conduce hacia el centro, pasando por pocas propiedades que ofrecen básicamente almuerzo. En el centro una iglesia o convento que está siendo restaurado y una explanada que expone frisos y esculturas rescatadas de las excavaciones que se encuentran poco más allá. Las edificaciones son de ladrillo, sin revestir, al igual que los pisos. No ingresamos al museo y después de disfrutar de la soledad y el sol esperamos el próximo vaporetto que nos regresara al bullicio veneciano. El plan para el último día consistía, tras arribar a Fondamenta Nova, en acercarnos hasta la Iglesia de la Madonna dell'Orto, con importantes frescos de Tintoretto, que reposa allí, y a la terminal de Santa Lucía para reconocer el lugar desde donde saldría el micro al aeropuerto a la mañana siguiente. Por alguna razón que no entiendo, asumí que debíamos comprar los boletos de los chicos para ese trayecto. Fue recién al comenzar a escribir este diario que caí en la cuenta de que ya estaban incluídos.. Venecia y su sistema de transporte se las ingeniaron para generar la mayor fisura en mi ajustado control presupuestario..
Los varones despuntaron una siestita en el vaporetto, al estilo oriental, sentados muy derechitos y con la cabeza inclinada hacia adelante, como palomitas. Al llegar con ayuda de los mapas y sobre todo de los carteles llegamos a la Iglesia. Estaba cerrada y con un cartel que, además de los horarios de apertura, indicaba la tarifa. Eso y la necesidad imperiosa de un baño, nos devolvieron al hotel con el primer vaporetto que arribó al muelle sin tener el honor de acercarnos a Tintoretto.
Más aliviados, decidimos recorrer sin un rumbo fijo por el muelle de San Marco. Pasando la Plaza corta el muelle el Giardinetti ex-Reali, una plaza con bastante verde, más parecidas a las nuestras. El derrotero nos llevó a calles cosmopolitas, con locales de marcas como Fendi y Prada, y de allí a la Chiesa de San Moise,   La Fenice y el Palazzo Franchetti, donde funciona el Instituto Véneto de Ciencias, Letras y Arte, y su entrada por Campo S. Stefano. La ruta siguió cruzando el Gran Canal (estábamos en el barrio de Dorsoduro) y luego por la Gallería de la Accademia. Un rato después nos encontrábamos tomando cafés y chocolates calientes en un bar (12) para recuperar fuerzas. Comenzaba a anochecer y apuramos el paso para llegar a Santa Lucía. 
Apenas llegar divisamos el lugar de donde salen los colectivos hacia el Aeropuerto.  Nos acercamos a las ventanillas de ventas para "volver" a comprar los boletos y nos sorprendió uno de los vendedores con su conocimiento de la realidad futbolística rosarina. Nos informó sobre los horarios y el tiempo que duraba el trayecto para que pudiéramos calcular la salida del hotel, nos vendió los boletos, y nos despidió con un risueño "Viva Central", después que hubiera averiguado que éramos de Newels (de más está aclarar que conocía nombre de técnico y jugadores).  
Desde Piazzale Roma, donde nos encontrábamos, un puente moderno nos llevó a Cannaregio, donde nos dispusimos a encontrar el Mc Donalds donde por €26.5 cenamos discretamente y usamos los servicios. Estos tenían un área común para hombres y mujeres con los espejos y lavatorios y los compartimentos débilmente diferenciados. En nuestra última recorrida por la Plazza San Marco casi vacía un grupo de actores caracterizados ensayaban algo mientras la policía desalojaba a inmigrantes que insistían en ofrecer su mercadería a los pocos turistas que transitaban a esa hora. 

El horario del vuelo al día siguiente era a las 10:30. Descontando tiempos de traslados, trasbordos y desayuno, definimos levantarnos a las 7:30. Pudimos arreglar con el encargado del hotel para que nos adelantaran el horario del desayuno y así no perderlo.
Último chequeo de mails para verificar que allí estaban las indicaciones de Andrea, menos mal.

Día 9

Sábado 16 de marzo

Después de desayunar hicimos el check out abonando los €36 del impuesto municipal en efectivo y nos embarcamos con el equipaje en nuestro último trayecto en vaporetto. El aerobus de la línea A1 llegó a tiempo, nos ubicamos como pudimos con el equipaje e hicimos el trayecto de casi una hora hasta el aeropuerto Marco Polo, en Mestre. Allí ubicamos los escritorios de Easyjet (creo que era en el primer piso) y despachamos las dos valijas grandes. Habíamos pagado €11 por cada una de ellas al adquirir los pasajes. No esperamos demasiado y llegó la hora de embarcar. Allí verificamos que Easyjet es bastante estricta con el tema del equipaje de mano y, emulando a las mamushcas, tuvimos que anidar bolsos, maletines y mochilas para respetar la cantidad de 1 por persona, ya que TODO cuenta, También en este aeropuerto sufrí el decomiso de mi botellita recargable, que había pasado con éxito el vuelo internacional.  
Tras un vuelo agradable, sin comidas ni entremeses, arribamos a nuestra próxima etapa: Nápoles..