Día 14
Museos Vaticanos, Trastévere y Gianicolo
Como indico en la opinión, InnVatican no ofrece desayuno. Sólo deja a disposición una jarra eléctrica y, al momento del ingreso, algunas galletitas, café y té en saquitos de cortesía. No hay reposición, pero dada nuestra situación, la responsable del establecimiento y la chica de la recepción se afanaron en proveernos algunas cosas más para compensar el cambio. No era suficiente para nosotros pero complementamos con las madalenas que habían sobrado del día anterior. Salimos temprano y nos ubicamos en la cola para el ingreso a los Museos que habrían a la 9hs.
La entrada es de las más costosas que tuve que pagar en un museo, 16 euros por cabeza, pero vale la pena. Entramos con los primeros contingentes y eso fue bueno ya que más tarde se llenó demasiado. No sé por qué decidimos apurar el camino hacia la Capilla Sixtina sin detenernos, y dejar para después el resto de las salas. El diseño de estos museos es tal que desandar camino o cortar por otro lado resulta muy difícil, como lo verificamos más tarde.
Una vez hubimos terminado de admirar los frescos de Miguel Angel y compañía, realmente asombrosos, lo que pudimos hacer bastante cómodos (después era un infierno), tratar de retornar a las salas que dejamos atrás, avanzando contra la corriente, fue terrible. En los museos es posible sacar fotografías a excepción de la Capilla Sixtina. Aquí, además de las cámaras, están prohibidos las conversaciones. Igualmente el susurro es incontrolable y permanente la amonestación de los guardias.
La Capilla Sixtina en los Museos Vaticanos es equivalente a La Gioconda en el Louvre: se constituye en la meca de la masa que desestima la valiosísima pinacoteca y las increíbles salas que la anteceden. El sector destinado a la cultura egipcia es impresionante así como las urnas funerarias del período romano. A mi humilde entender está a la altura del British en cuanto a patrimonio arqueológico. Recorrimos las interminables galerías, todas distintas, y el Museo del Carruaje, y terminamos las madalenas en los jardines, entre millares de merendantes. Salimos recorriendo las emblemáticas escaleras circulares, hicimos una escala sanitaria antes de salir, y otra de aprovisionamiento afuera, en el carrito de la puerta: sandwiches no muy sabrosos y gaseosas. De allí, pasando por la plaza San Pedro nos dirigimos caminando hacia el barrio del Trastévere.
Poco antes del viaje habíamos visto la película A Roma con amor, de Woody Allen, y queríamos a toda costa encontrar la esquina cubierta de enredaderas en que el personaje de Alec Baldwin se detiene a descansar. Ya en la plaza frente a la iglesia de Santa María en Trastévere, corazón del barrio, aún no sentíamos que ése fuera el sitio, y en realidad, pese a adentrarnos cuánto pudimos, regresando mil veces sobre nuestros pasos para probar otra callecita, nos terminamos yendo con cierto gusto a fracaso. El lugar es muy lindo, pero supongo que la mayoría de las imágenes que lo representan fueron tomadas en verano o entrada la primavera, con las plantas frondosas y florecidas.. sin glicinas ni fronda, quedan los bares, las macetas, las callecitas, pero pierde algo de identidad. Resignados tomamos el camino que nos llevaría hacia el parque Gianicolo, en la colina del mismo nombre. Los mapas no eran del todo claros en cuanto al camino a seguir, lo que parecían calles en la realidad resultaban áreas cerradas por paredones o interrumpidas por escalinatas. Finalmente encontramos una hermosa fuente, la fontana del'aqua Paola, frente a uno de los tantos miradores romanos. Vista de la ciudad y, allí nomás, la entrada al Gianicolo. Seguimos el sendero hasta toparnos con un nuevo mirador, espectacular. Desde esta posición se divisan todos los hitos de la Roma Clásica, la que está de "este" (para nosotros ahora, aquel) lado del río.
En frente un monumento a Anita Garibaldi, bajo el que se encuentra sepultada, relata en sus frisos momentos clave de su gesta. Aún era de día, y, con suerte, podríamos aprovechar para hacer ahora la visita a la Basílica de San Pedro y quizás evitar las enormes colas que habíamos visto por la mañana. Efectivamente, eran cerca de las 6 de la tarde y no había nada de cola para entrar. La entrada a la basílica es gratuita y ningún cartel veda las fotos. El edificio es realmente monumental, uno más allá de sus convicciones religiosas, no puede más que sentirse muy pequeño ante esas puertas exageradamente enormes.. quizás fuera ese su objetivo. Nuestro recorrido en sentido contrario a las agujas del reloj, nos puso nomás entrar frente al La Pietá, de Miguel Angel.. Seguimos admirando el interior mientras se terminaba de celebrar una misa, los participantes completamente ajenos al flujo turístico. Ya sobre la mano izquierda se encuentra el ingreso a la Sacristía, con el Museo Histórico y el Tesoro. Sin pagar se puede entrar a la primera sala donde destaca una enorme placa de mármol con los nombres de todos los pontífices desde San Pedro.
A la salida vimos a la guardia suiza con sus llamativos uniformes y, siguiendo el sentido de todo nuestro recorrido, encontramos los baños.
Saliendo ya de la plaza se encuentran las Gallerías Marianas y otros muchos locales por el estilo que ofrecen souvenir y recuerdos religiosos y laicos a precios bastante razonables (3 grandes pañuelos de seda por 5 euros, por ejemplo).
Comenzaba a anochecer y estábamos agotados, yo al menos. Un persistente dolor de cabeza me venía acompañando desde principios de la tarde y no tuve la precaución de tomar algún analgésico al llegar al hotel.
Salimos para cenar en un local que habíamos visto al volver del Vaticano, que ofrecía menús de lasagna, pizza o canelones a 7.5 más o menos. Omar, Milena y yo pedimos canelones (lasagna no había) y Alejo una pizza. La verdad que estaban muy buenos, pero después de 2 bocados me dí cuenta que el dolor de cabeza no me permitiría sequir.. no sabía cómo sentarme para que el dolor se hiciera soportable al menos hasta que los demás terminaran su comida. La mujer de detrás del mostrador se asustó de mi cara y me ofrecieron un analgésico. No terminé de tragarlo que tuve que salir corriendo a vomitar lo poco que había ingerido en la vereda. Allí me quedé hasta que el resto de la troupe terminó su cena y pagaron con las debidas disculpas. En el camino de vuelta comencé a sentirme más aliviada y la aspirina que tomé al llegar pudo cumplir su cometido.
Día 15
La entrada es de las más costosas que tuve que pagar en un museo, 16 euros por cabeza, pero vale la pena. Entramos con los primeros contingentes y eso fue bueno ya que más tarde se llenó demasiado. No sé por qué decidimos apurar el camino hacia la Capilla Sixtina sin detenernos, y dejar para después el resto de las salas. El diseño de estos museos es tal que desandar camino o cortar por otro lado resulta muy difícil, como lo verificamos más tarde.
Una vez hubimos terminado de admirar los frescos de Miguel Angel y compañía, realmente asombrosos, lo que pudimos hacer bastante cómodos (después era un infierno), tratar de retornar a las salas que dejamos atrás, avanzando contra la corriente, fue terrible. En los museos es posible sacar fotografías a excepción de la Capilla Sixtina. Aquí, además de las cámaras, están prohibidos las conversaciones. Igualmente el susurro es incontrolable y permanente la amonestación de los guardias.
La Capilla Sixtina en los Museos Vaticanos es equivalente a La Gioconda en el Louvre: se constituye en la meca de la masa que desestima la valiosísima pinacoteca y las increíbles salas que la anteceden. El sector destinado a la cultura egipcia es impresionante así como las urnas funerarias del período romano. A mi humilde entender está a la altura del British en cuanto a patrimonio arqueológico. Recorrimos las interminables galerías, todas distintas, y el Museo del Carruaje, y terminamos las madalenas en los jardines, entre millares de merendantes. Salimos recorriendo las emblemáticas escaleras circulares, hicimos una escala sanitaria antes de salir, y otra de aprovisionamiento afuera, en el carrito de la puerta: sandwiches no muy sabrosos y gaseosas. De allí, pasando por la plaza San Pedro nos dirigimos caminando hacia el barrio del Trastévere.
Poco antes del viaje habíamos visto la película A Roma con amor, de Woody Allen, y queríamos a toda costa encontrar la esquina cubierta de enredaderas en que el personaje de Alec Baldwin se detiene a descansar. Ya en la plaza frente a la iglesia de Santa María en Trastévere, corazón del barrio, aún no sentíamos que ése fuera el sitio, y en realidad, pese a adentrarnos cuánto pudimos, regresando mil veces sobre nuestros pasos para probar otra callecita, nos terminamos yendo con cierto gusto a fracaso. El lugar es muy lindo, pero supongo que la mayoría de las imágenes que lo representan fueron tomadas en verano o entrada la primavera, con las plantas frondosas y florecidas.. sin glicinas ni fronda, quedan los bares, las macetas, las callecitas, pero pierde algo de identidad. Resignados tomamos el camino que nos llevaría hacia el parque Gianicolo, en la colina del mismo nombre. Los mapas no eran del todo claros en cuanto al camino a seguir, lo que parecían calles en la realidad resultaban áreas cerradas por paredones o interrumpidas por escalinatas. Finalmente encontramos una hermosa fuente, la fontana del'aqua Paola, frente a uno de los tantos miradores romanos. Vista de la ciudad y, allí nomás, la entrada al Gianicolo. Seguimos el sendero hasta toparnos con un nuevo mirador, espectacular. Desde esta posición se divisan todos los hitos de la Roma Clásica, la que está de "este" (para nosotros ahora, aquel) lado del río.
En frente un monumento a Anita Garibaldi, bajo el que se encuentra sepultada, relata en sus frisos momentos clave de su gesta. Aún era de día, y, con suerte, podríamos aprovechar para hacer ahora la visita a la Basílica de San Pedro y quizás evitar las enormes colas que habíamos visto por la mañana. Efectivamente, eran cerca de las 6 de la tarde y no había nada de cola para entrar. La entrada a la basílica es gratuita y ningún cartel veda las fotos. El edificio es realmente monumental, uno más allá de sus convicciones religiosas, no puede más que sentirse muy pequeño ante esas puertas exageradamente enormes.. quizás fuera ese su objetivo. Nuestro recorrido en sentido contrario a las agujas del reloj, nos puso nomás entrar frente al La Pietá, de Miguel Angel.. Seguimos admirando el interior mientras se terminaba de celebrar una misa, los participantes completamente ajenos al flujo turístico. Ya sobre la mano izquierda se encuentra el ingreso a la Sacristía, con el Museo Histórico y el Tesoro. Sin pagar se puede entrar a la primera sala donde destaca una enorme placa de mármol con los nombres de todos los pontífices desde San Pedro.
A la salida vimos a la guardia suiza con sus llamativos uniformes y, siguiendo el sentido de todo nuestro recorrido, encontramos los baños.
Saliendo ya de la plaza se encuentran las Gallerías Marianas y otros muchos locales por el estilo que ofrecen souvenir y recuerdos religiosos y laicos a precios bastante razonables (3 grandes pañuelos de seda por 5 euros, por ejemplo).
Comenzaba a anochecer y estábamos agotados, yo al menos. Un persistente dolor de cabeza me venía acompañando desde principios de la tarde y no tuve la precaución de tomar algún analgésico al llegar al hotel.
Salimos para cenar en un local que habíamos visto al volver del Vaticano, que ofrecía menús de lasagna, pizza o canelones a 7.5 más o menos. Omar, Milena y yo pedimos canelones (lasagna no había) y Alejo una pizza. La verdad que estaban muy buenos, pero después de 2 bocados me dí cuenta que el dolor de cabeza no me permitiría sequir.. no sabía cómo sentarme para que el dolor se hiciera soportable al menos hasta que los demás terminaran su comida. La mujer de detrás del mostrador se asustó de mi cara y me ofrecieron un analgésico. No terminé de tragarlo que tuve que salir corriendo a vomitar lo poco que había ingerido en la vereda. Allí me quedé hasta que el resto de la troupe terminó su cena y pagaron con las debidas disculpas. En el camino de vuelta comencé a sentirme más aliviada y la aspirina que tomé al llegar pudo cumplir su cometido.
Día 15
Viernes 22 de marzo
Todo tiene un final.. todo termina.
A la mañana siguiente, olvidado el malestar de la noche anterior, salimos a nuestra última recorrida romana. El límite eran las 18:45. A esa hora teníamos reservado el billete de Terravisión que nos llevaría de Termini a Fiumiccino.Decidimos recorrer sin rumbo determinado hasta después del mediodía. A esa hora regresaríamos para hacer el check out y dejar las valijas en consigna hasta eso de las 16:00 en que, Metro mediante, desharíamos el camino a Términi. El día era soleado y la temperatura agradable. Sin demasiado abrigo recorrimos los alrededores del Castell Sant'Angelo y desestimamos entrar. Cerca de uno de los puentes más importantes que cruzan el Tiber, el Vittorio Emanuele II, nos detuvimos ante una máquina expendedora de billetes de Metro para comprar los nuestros con anticipación y ahorrar un trámite por la tarde. Recorrimos las pantallas hasta el ingreso de efectivo y allí, para cubrir los 6 euros requeridos, ingresamos una primer moneda de 2 sin que el aparato acusara recibo... bueno, dijimos, quizás recién responda al terminar la carga, y allí se fueron otros 2 y la pantalla, que esta vez sí reaccionó, volvió al inicio como si no estuviéramos allí. Los argentinos para estas situaciones tenemos una solución inmediata que en ocasiones evita pasar a mayores. Apliqué un golpe seco y el tintineo adelantó el éxito. Una moneda de 2 euros en la gaveta del cambio... ,un segundo golpe y una de 1 nos dejó a 1 paso del empate. Alejo mientras tanto en una ligera recorrida visual encontró otra moneda igual en el piso.... Listo, estábamos hechos y seguimos camino. A los pocos metros Milena y yo creímos que la anécdota bien valía un registro visual y retornamos por una foto...y un golpecito de despedida que reportó 2 euros más
... Ojo, en ningún caso recomiendo emprender a los golpes con estas máquinas.. lo nuestro fue un estricto acto reivindicatorio.Más tarde nos enteramos que ese día había paro de Metro así que el mal funcionamiento de la máquina resultó una bendición... no sé dónde nos hubiéramos metido los 4 billetes.. y por las dudas prefiero no recibir sugerencias al respecto.Después de cruzar el puente buscamos el Palacio Farnesi, ya que no recordábamos haberlo visto en nuestra etapa anterior. En realidad queríamos identificar un edificio imponente que destaca desde los miradores del Gianicolo, y creímos que se trataría de este. El frente del Palacio no es demasiado impresionante y no despejamos la duda.Estábamos cerca del Campo di Fiori, que habíamos visto de noche y bajo la lluvia.. es decir, no lo habíamos visto. Bajo el sol los puestos de flores y especias deslumbran. Compramos unos paquetes de cus cus y risotto (5 euros cada uno) y una ensalada de frutas grande para compartir y emprendimos el regreso silvando bajito. Antes de volver al hotel, pasamos por la estación de Metro, para corroborar lo que habíamos escuchado.. vacía. En las paradas de autobuses, sólo algunas líneas mantenían alguna frecuencia. Las opciones eran taxi o..... sí, quien leyó hasta aquí no va a sorprenderse, caminar hasta Termini. And the winner is...!!!! Los argumentos fueron que de todos modos no teníamos prevista ninguna visita en particular para las horas que mediaban hasta las 18, que el recorrido era plausible (no sería la primera vez que camináramos esa cantidad de cuadras) y que por tanto, entre caminar sin rumbo para pasar el tiempo o hacerlo con las valijas a cuestas en dirección a Términi, y ahorrarnos el taxi, la última alternativa era mucho más desafiante!. Check out, devolución del mapa
y pago del impuesto municipal en Inn Vatican, almuerzo en un carrito a la salida de la Plaza San Pedro, helado sobre Vía Corso Emmanuelle, sentados al costado del Área Sacra del Largo Argentino y seguir por Vía del Plebiscito. A una de las valijas grandes terminó por rompérsele la manija y Omar optó por llevarla al hombro. Realmente éramos un espectáculo. Como ingresamos por detrás de Términi vimos el Museo de la República y la fuente de las tortugas de Bernini, que no habíamos visitado en nuestra estancia de este lado del Tíber. Llegamos con tiempo de sobra a Términi, localizamos el local de Terravisión y nos indicaron que podíamos tomar un bus previo para no esperar hasta las 18:45. Cruzamos y nos acomodamos con nuestro bártulos en unas mesitas sobre la vereda y bajo andamios de un bar, donde consumimos lo que quedaba en el exhibidor: tortas y algún sandwichito simple. Llegamos con tiempo al aeropuerto para usar los baños y comprar los obligados chocolates para familia y compañeros de trabajo. El vuelo de vuelta fue también sin complicaciones, nos tocaron los 4 asientos centrales así que contábamos con 2 salidas. Creo que hubo menos comidas que a la vuelta, pero utilizamos esta vez la opción de snacks y bebidas libres llendo hasta donde se encuentran las aeromozas. Allí dejaban una bandeja con gaseosas y pequeños sobrecitos con snacks.. suficientes para aplacar las esperas entre colaciones. Ya en Ezeiza no tuvimos que esperar demasiado para iniciar el recorrido a casa con Van Travel.. fin del viaje.