Sccapanapoli
En el último intercambio epistolar con Andrea, a partir del imprevisto desperfecto de su vehículo (se había ofrecido a trasladarnos desde el aeropuerto por 20€), definimos que apenas llegados a Campodichino, tomaríamos el Aerobus (3€) que llega al centro de Nápoles, a la terminal en la que confluye metro y autobuses. El boleto dura 1 hora y por tanto nos incluía el metro y el funicular necesarios para llegar al Buonanotte & Bongiorno, ubicado sobre la colina de Montecalvario y cuya fachada conocíamos a través de la vista callejera de GoogleMaps.
Retirado el equipaje, el primer desafío era descubrir la parada del Aerobus y la metodología de pago. Lo primero resultó sencillo y lo segundo lo terminamos resolviendo preguntando en la cola para abordar, a turistas tan desorientados como nosotros, pero en otros idiomas. Dilucidamos que el boleto se compraba sobre el vehículo y así resultó.
Había leído mucho sobre Nápoles,. Si alguien tuvo el aguante necesario para leer esta crónica desde su inicio, y una memoria prodigiosa, recordará que fue la etapa que me tocó en suerte investigar. A diferencia de otros lugares, todo cuanto se escribe de Nápoles tiene una extraña poesía, los meros datos históricos dejan lugar a emociones de lo más contradictorias y pasionales. Odios y encantamientos. Vida por sobre todo. Estaba enamorada del lugar antes de llegar, y no me sentí decepcionada, en lo más mínimo.
El recorrido en el Aerobus (un colectivo del tipo de media distancia de los nuestros) nos brindó el primer pantallazo del caos napolitano. El tránsito es un completo desorden y la estética de las calles distaba mucho de los cuidados destinos anteriores. Resultaba mucho más "real". Cada una por su lado, al bajar comprobamos con Milena que ambas estábamos con parte de nuestros sentidos ocupados en captar y traducir las conversaciones banales que a nuestro lado tenían un grupo de estudiantes (o simples adolescentes) norteamericanas. Bajamos en lo que parecía ser un centro neurálgico del transporte y última parada del Aerobus, y buscamos la línea 2 del Metro, con dirección Pozzuoli, según las directivas de Andrea. Dos paradas y a la salida debíamos encontrar a no más de 50m la entrada al funicular. Cincuenta metros a la izquierda parece una indicación muy concreta en una ciudad cuadriculada como la mía, pero no lo es tanto en la maraña de callecitas, subidas, bajadas y esquinas múltiples de esa zona de Nápoles. Apenas salir de la estación del metro, con nuestras cada vez más ruidosas valijas, un picadito juvenil en una ochava cerrada nos distrajo y terminó siendo uno de los delanteros quien nos indicara el camino... goool.
En la entrada a la estación del Funicular, donde salen 3 líneas, optamos por la de la derecha, de acuerdo a lo que nos indicara nuestro guía epistolar. El funicular resultó un armatoste bastante grande y despojado en el interior; como realiza un tramo muy breve la comodidad aquí no es una necesidad y los asientos están reservados, creo, a las personas mayores o con dificultades. En pocos minutos estábamos en la estación de Montesanto. Bajamos, seguimos la marea y nos encontramos sobre la avenida Corso Emanuelle. Desde allí la vista de Nápoles con el Vesubio al fondo y las escalinatas por debajo es impresionante. Del lado de la calle en que estábamos un cartel anunciaba el Bar Ecléttico, próximo hito de nuestro mapa del tesoro y futuro desayunador durante nuestra estadía; enfrente el desvencijado portal, exactamente igual que el que viéramos por GoogleMap.
Llegar al Buonanotte&Bongiorno desde allí, si bien no nos presentó confusiones ya que había prácticamente una única dirección a seguir, no dejaba de ser una aventura, sobre todo con equipaje: escaleras que bajan para después recuperar parte del descenso en un tramo posterior de subida, pasillos y cambios de arquitectura variados, desde un pasaje antiguo, oscuro y húmedo, hasta un rincón lleno de plantas y luz ,más moderno. Nuestro recorrido finalizó en el timbre que anunciaba el B&B, lo tocamos y una chicharra nos habilitó la apertura de la siguiente puerta y otro tramo de escaleras y pasillos hasta la pequeña puerta abierta en cuya entrada se encontraba Magda, una simpatiquísima polaca bastante parecida a Taylor Swift (acotación de mis hijos que luego pude corroborar) que estudiaba filología italiana y casi no hablaba español. Con retazos de su inglés y el nuestro, supimos que Andrea estaba retrasado, pero nos mostró la habitación y las instalaciones que teníamos a nuestra disposición.
El lugar tenía su encanto. Se entraba a un recibidor sin ventanas, reducido, con el hueco tipo pasaplatos que conectaba a la pequeña cocina, un arcón en un rincón y un mostrador sobre un costado. El techo estaba "bajado" quizás en demasía (y eso que somos petisos) con paneles de madera pintada. Esa estancia en particular siempre estaba dominada por un olor raro, no particularmente desagradable pero extraño que no puedo asociar a nada.. a falta de referencia, supongo que en la maraña de mi inconsciente pasará a identificar de forma inequívoca nuestra estancia napolitana. Esperamos a Andrea en el estar-comedor contiguo a la cocina, con mesa y sillas, heladera, sofá y un rincón tecnológico con una mac con un monitor muy grande y un asiento originalmente ergonómico.
Cuando llegó Andrea, después de acondicionar nuestro cuarto para cuatro, reubicando un escritorio y agregando un camastro, nos dedicó una media hora para ubicarnos en la ciudad y sus posibilidades. Andrea es un tipo muy activo y vivaz, deportista y afable. Nos recomendó sitios para comer y lugares a visitar. Del fárrago de comentarios en un español gracioso y entreverado sólo recordamos en ese momento lo que atañía a nuestras próximas horas: el desayuno lo tomaríamos por la mañana en el Bar Ecléttico, enfrente; teníamos café/te en la cocina a nuestra disposición y podíamos utilizar la heladera y toda la vajilla y enseres; bajando las escalinatas teníamos a Fiorenzano, un local de comidas rápidas que preparaba muy buenas pizzas fritas (especialidad napolitana) y pollos al spiedo a buen precio, y desde allí llegábamos fácilmente a Scappanapoli, la parte antigua y más pintoresca de la ciudad. Puso a nuestra disposición mucho material (libros, revistas, folletería y mapas) que tenía exhibido en repisas y nos dió consejos sobre la utilización de nuestras Artecard. Uno de los primeros pasos era ir a retirarlas en algunos de los sitios habilitados al efecto. Determinamos que el más conveniente era el Museo Arqueológico. La idea era tenerla disponible y validarla el día siguiente, para utilizarla en la excursión a Pompeya (Pompei tras la corrección de nuestro anfitrión). Lo cierto, como después pudimos verificar, es que el control de la vigencia de la tarjeta es bastante permisivo. La mayoría de los molinetes del transporte no la reconocen y con sólo mostrarla de lejos los guardias levantan la barrera.
Además nos proveyó de un mapa, valioso ya que en la ciudad no los entregan y era el único lugar para el que no había conseguido guía en mis preparativos. Nos comprometimos a tratar de reponerlo durante nuestra estadía, pero lo cierto es que pese a varios intentos los días subsiguientes en las estaciones de metro y oficinas que encontramos, no lo conseguimos. Nos instalamos en el duplex, Omar y yo en el entrepiso, con la cama matrimonial y los chicos abajo, donde además estaba el baño recién remodelado, cuya puerta tenía un enrejado en su panel inferior que oficiaba de ventilación. La decoración era artesanal, con cuerdas, batiks, almohadones, un escritorio antiguo, espejos y un enorme planisferio cubriendo una de las paredes. La escalera al entrepiso estaba construida con mínimo desarrollo, de manera que los escalones tenían cortes para optimizar espacio. Teníamos un pequeño balcón con la misma vista que desde arriba de las escalinatas, donde al igual que en los circundantes abundaban los tendederos. Un tele LCD y un aire acondicionado frío calor ponían el toque tecno.
Sin demorarnos, y ya con nuestras llaves, iniciamos el descenso por las escalinatas de Montecalvario, entre algo de basura, humedad y bastantes jeringas..
Abajo nos esperaba una calle muy estrecha, llena de puestos callejeros que vendían desde pescado y frutas hasta flores y zapatos. A los pocos metros identificamos el cartel amarillo con letras rojas de Fiorenzano y adquirimos nuestras pizzas fritas. No recuerdo el precio pero eran baratas (1,5 euro o por ahí). Masa esponjosa, poco relleno, sabrosas pero pesadas para nuestras costumbres.
Avanzando por esa calle bajamos hasta una especie de plazoleta sobre Vía Toledo donde, siendo sábado, bullía una feria o mercado de pulgas bajo gazebos blancos, con algunos puestos de artesanías y otros de antigüedades, nada demasiado original.
Camino a Scappanapoli, pasamos por una especie de explanada o plaza, con una fuente en la que, cuando atardece, se congregan multitud de adolescentes. En las paredes, y esto se repite en toda la zona antigua, la suciedad, la humedad y el revoque desprendido y sin pintura compiten con los graffitis en una carrera muy pareja.
Poco después se abre imponente el frente de la Iglesia de Gesú Novo, muy original con sus piedras talladas en forma de diamante. Construida sobre un palacio confiscado y entregado a la compañia de Jesús en el siglo XVI, cuya fachada conserva, dista mucho en su exterior de las iglesias tradicionales.
Sin fotos del interior barroco (supongo que no se permitía), la web viene en auxilio para rememorar el altar con mucho mármol rojo y el santuario de Giuseppe Moscati, en la capilla de la Visitación, con paredes enteramente cubiertas de placas en agradecimiento que representan las partes del cuerpo de los devotos que se vieron beneficiadas por la intervención del santo.
A pocos pasos se encuentra el complejo monumental de Santa Clara, con Iglesia y convento. Lo vimos por afuera y continuamos hasta adentrarnos en las callecitas de Scappanapoli. Así se conoce el sector más antiguo y pintoresco de la ciudad. Son calles muy cerradas, sin veredas, con los frentes opuestos separados por una angosta calzada de adoquines, con paredes oscurecidas por el moho y la suciedad adherida pero iluminadas por el colorido de los escaparates. Locales muy pequeños que se expanden sobre la calle, exponiendo fideos de variadas formas y colores, pastelería y souvenirs de lo más diversos. iguiendo la calle (que luego desemboca en San Biaggio del Librai) llegamos a la plaza San Doménico Maggiore, frente a la iglesia homónima. Se ingresa a esta iglesia gótica a partir de altas escalinatas sobre la izquierda que conducen a un ala lateral. La nave central es bella, con púlpitos elevados, pero no tan impresionante como la capilla lateral que alberga 45 féretros de la nobleza aragonesa, sobre una especie de balcón que rodea la estancia.
Al salir de allí, en vez de seguir adentrándonos en los callejoncitos de Scappanapoli buscamos la calle que nos condujera al Museo Arqueológico Nacional, para retirar nuestras Artecard, pasando por la pequeña Plaza Bellini.
Ésta es una zona más corriente, con calzadas grandes, edificios de principios del siglo pasado o fines del anterior, ni muy antigua ni muy moderna. El Museo se encuentra sobre una especie de avenida. No tuvimos problemas con las tarjetas. Desandamos el camino, con algunas variantes que nos llevaron a pasar por el Conservatorio y algunos negocios del ramo, entre ellos uno que embelesó a Milena con un piano azul en su vidriera.
Adentrándonos en la zona antigua nos topamos con San Gregorio Armeno, la calle de los belenes. Aquí el color estalla en los comercios que exhiben casi exclusivamente estatuillas, souvenirs (el más característico es el ají rojo) y elementos para pesebres que uno ni imagina que se comercializan (pasto, partes de los personajes, etc). Si bien es cierto que muchas de las cosas ofrecidas son industriales (sobre todo los recuerditos), el local con estatuillas, algunas con movimiento, relacionadas a la actualidad que muestro en una de las fotos es una prueba cabal de la mano del artesano. A 5 días de la designación de Bergoglio como papa, y sin que ésta fuera una de las opciones que se barajaban como "ganadoras", en medio de muchas otras figuras está la de Francisco saludando a un Benedicto saliente, con valijita. Si alguien es capaz de montar una producción industrial en ese tiempo, lo quisiera trabajando para mí!. Uno puede pasar un buen rato identificando personajes, está Maradona sosteniendo en brazos a Messi, Berlusconi (no podía faltar), el Psi ejecutando su baile del caballo, Sidane y su cabezazo, y muchos otros representando la actualidad local e internacional. La exposición se prolonga por una o dos cuadras pero es "inmensa". Las dos veredas casi se juntan en el centro de la calzada, el paso es un poco forzado si hay muchos turistas, y elevando la vista sábanas y prendas colgando de una vereda a la otra retacean el cielo y un interesante puente aéreo cerrado, el campanario de la iglesia barroca que da nombre a la calle.
Como en todas los lugares donde estuvimos, la profusión de iglesias es abrumadora. Apenas cruzar el campanario se encuentra la plaza del complejo conventual de San Lorenzo Maggiore, con su propio campanario sobre la calle, y a un costado la Basílica de San Pablo Maggiore. El acceso a ésta se encuentra sobre una balaustrada central a la que se llega por dos escalinatas que bordean una entrada a nivel del piso, supongo que secundaria, que ostenta, sobre la puerta sencilla de madera, en los terminales de la reja que la resguarda, el trofeo de varias pelotas naranjas que se les escaparon a algún improvisado arquero. En este sector de Nápoles es común ver encuentros futbolísticos callejeros en rincones por demás incómodos, apasionados y ajenos al transitar de transeúntes locales, motos y turistas.
No encuentro fotos del interior de esta basílica por lo que asumo que la actividad fotográfica estaría vedada. Igual a esta altura ya nos costaba diferenciar estilos y el asombro por la fastuosidad de la ornamentación eclesiástica había quedado en alguna etapa que no recordábamos.
Según el mapa, saliendo de aquí y tomando por Vía Tribunali, no debíamos estar lejos de la Catedral, el Duomo de Nápoles, donde se encuentra laCapilla del tesoro, con la reliquia de San Genaro cuya sangre se licúa cada 19 de setiembre, aniversario de su muerte. Efectivamente, sobre la vía del Duomo destacaba el edificio de fachada neogótica e interior barroco. En la explanada que conduce a la enorme puerta custodian leones de piedra de expresión particular. Recorrimos el interior, con su cúpula decorada, y la capilla del tesoro. Sin fotos (incluso no se encuentran la web) me cuesta reconstruir el espectáculo que tiene que haber incluído las más de 50 estatuas de plata, relicarios de preciados tesoros, entre ellos y principalmente la cabeza del santo patrono protegida por su busto de plata, y las ampollas con la sangre solidificada. Buceando en mi memoria creo rescatar algunos atisbos del recinto; con las estatuas oscuras en todo su derredor.
Al salir ya era de noche y estábamos agotados. No nos quedaba más que desandar el camino y llegar al B&B con una provisión de pollo al spiedo y papas de Fiorenzano, todo a módicos 7,5. Como no queríamos validar nuestras Artecard hasta el día siguiente nos aventuramos por las escaleras de Montecalvario... y entendimos el porqué del nombre. Casi sin aliento hicimos el último tramo (menos mal que estamos en estado!!); ya a oscuras el ambiente estaba desolado e intimidante. Con los días nos dimos cuenta que en relación a nuestra pobre Argentina, Nápoles no es peligrosa en lo más mínimo. Nos acomodamos en el comedor y tuvimos nuestra primer cena cuasi casera en mucho tiempo, la disfrutamos.
Esa noche verificamos que la presión de agua y el colchón eran buenos, y la conexión a Internet pésima. Realmente resultaba casi imposible mantenerse en línea más de 5 minutos, y durante éstos, la velocidad de respuesta era lamentable.
Día 10
Domingo 17 de marzo
Pompeya y Museo Arqueológico
Nos despertamos temprano, tomamos el material de Pompeya que nos facilitó Andrea (un mapa y el librito con las descripciones que se dan para cada referencia del mapa en la audioguía), y tras un desayuno breve e idiomáticamente fallido, recorrimos el camino hacia la estación de metro, invirtiendo las indicaciones que empleamos a la llegada. El bar Ecléttico, frente al B&B, es un local lindo, con gran televisor y buen ambiente, pero con sólo dos mesas redondas que podían albergarnos. Afortunadamente a esa hora siempre tuvimos una de ellas disponible. Atendido por su dueño y dos asistentes, con mucha disposición pero poca facilidad para interpretar, recibimos el primer día 4 cornetos rellenos (riquísimos) acompañados de 2 cafés mínimos, casi ristretos, y lo que pretendió ser un buen chocolate caliente para los jóvenes, que resultó un brebaje demasiado espeso y concentrado.. casi chocolate puro. Salimos hacia el funicular con el sabor del corneto y una sensación pastosa en la boca, y decidimos cambiar la estrategia para el día siguiente; serían todos cafe late.. para no complicar.
La máquina para validar que estaba en la estación del funicular no andaba y el molinete estaba liberado, por lo que terminamos validando las Artecard en la estación del Metro. El sistema de Metro en Nápoles no está muy extendido, pero es suficiente para los empalmes de la mayoría de los recorridos turísticos que la tienen como base. Una vez en la estación central buscamos el andén del Transvesubiano. Los andenes y los coches no son tan modernos como en Florencia. Ubicamos en el mapa de estaciones del vagón la que correspondía a Pompei Scavi y nos acomodamos como pudimos (iba lleno, y hasta después de varias estaciones estuvimos de pie).
Una hora y media en total duró todo el traslado, desde la estación de Montesanto al ingreso, por la puerta Marina, a Pompeya, que cruzamos pasado el mediodía. En ese tiempo hicimos las colas necesarias para presentar la Artecard. La entrada no incluye mapa, pero antes de ingresar, en un puesto turístico apenas se llega desde la estación los ofrecen sin costo. Antes de entrar hay varios puestos de comida y venta de gaseosas y sandwiches.
Ante la certeza de no conseguir resumir decentemente las 5 hs que duró la visita voy a limitarme a enumerar algunos de los sitios emblemáticos por los que pasamos: El Foro con sus templos, el granero que guarda en su interior cuerpos en restauración, los baños con sus frisos y sistemas de calefacción, la casa del Fauno, la casa del panadero, la villa del misterio y el cementerio que está en el camino, el coliseo y los teatros. El famoso lupanar estaba cerrado. Vimos los bloques que oficiaban de paso de cebra en las esquinas y los surcos dejados por los carros en las piedras. El clima fue propicio en esta ocasión. Es impresionante y esclarecedor. Hay sitios muy bien conservados y otros en proceso de reconstrucción y embellecimiento. En cierta forma complica a la interpretación esta mezcla de original y reconstruido, y más al ver después gran parte de lo "extraído" en el proceso, en el Museo.
El recorrido fue largo y un poco cansador. Comimos muy poco al mediodía (alguna galletita y el pan que teníamos en la mochila) y el desayuno no había sido todo lo contundente a lo que nos habíamos acostumbrado. La convivencia 7x24 de los 10 días comenzó a manifestarse en los humores. Cuando definimos llegar hasta el Coliseo, que se encuentra en uno de los extremos de la excavación, Milena se separó del grupo, harta de ruinas y sin ganas de tolerar algún rapto de mi típico y poco oportuno humor ácido. La reencontramos poco después, se acopló al grupo manteniendo la distancia y el gesto ofendido.
Cerca de las 17 hs, emprendimos el regreso con la intención de visitar elMuseo Arqueológico Nacional, donde encontraríamos las reliquias que complementaban la visita a Pompeya.
El Museo cerraba a eso de las 19 o 19:30hs. Usamos nuestra 2ª y última entrada gratuita con la Artecard y tuvimos el tiempo justo para recorrerlo con total tranquilidad. Eramos los únicos visitantes a esa hora y algunas de las salas que transitábamos iban siendo cerradas a nuestro paso. El museo contiene, además de algunas grandes pinturas más "modernas" y la colección de esculturas Farnese, grupos escultóricos, mosaicos, algún mobiliario e innumerables frisos rescatados de Pompeya y Herculano, que asombran por su estado de conservación. Aquí se encuentra también una muestra erótica, con algunos de los relieves que decoraban los baños y lupanares de Pompeya y gran cantidad de pequeñas esculturas u objetos de uso diario (como los llamadores o aldabas de las puertas) con connotaciones fálicas. Los detalles de la Sala Meridiana, como el reloj del piso y las pinturas del techo no pudimos apreciarlos porque aquí las luces estaban apagadas a excepción de las que iluminaban las pinturas de las paredes.
Viendo en retrospectiva, y tras buscar información en la web para completar este diario, siento que debí estudiar más y reunir más material, antes de viajar para aprovechar mejor la visita. Es cierto que eran muchos lugares y el tiempo escaso, pero hubiera valido el esfuerzo, toda vez que ya sabíamos que no recurriríamos a guías de ningún tipo.
Salimos ya de noche, mientras cerraban las puertas del museo tras nosotros.
Regresamos por Scappanapoli, repitiendo el camino de la noche anterior mientras comíamos algún dulce (la sfogliatella es espectacular) comprado al paso y decidíamos qué cenar.. otra vez el agobio y la tolerancia al límite teminaron con Alejo enojadísimo y los cuatro comprando resignados los últimos despojos que quedaban en el mostrador de un bar al paso sobre vía Toledo (pizza, sandwiches, croquetas y alguna otra cosa por el estilo que sumaban 11€). Esta vez ascendimos por el funicular y cenamos en un clima tenso en el B&B... no todo es felicidad en los viajes, y la convivencia ininterrumpida desnuda y potencia algunos rasgos de carácter que la rutina del año adormece.
Cuando negociaba con Andrea la reserva, durante la planificación desde Rosario, acordamos por mail que pese a no llegar al mínimo de noches requeridas para el beneficio, nos otorgaría igualmente la clase de pizza gratuita que ofrecía. Eso implicaba trasladarnos a un sitio particular e incluía el consumo de lo elaborado en el aprendizaje. Estábamos muy poco tiempo en el B&B y nos resultaba difícil coincidir con Andrea, que no residía allí. Esa noche, a través de Magda, supimos que al día siguiente nos daría la clase. Él necesitaba definir con anticipación para calentar el horno. Entendimos que se trataba de la cena y planificamos para ese día el recorrido por la costa amalfitana. Andrea ya nos había sugerido desestimar Capri, por costos y porque no veríamos nada muy diferente a lo que podríamos apreciar en Positano o Amalfi.
Día 11
Lunes 18 de marzo
Costa Amalfitana
Nos despertamos temprano. En el B&B la actividad antes de las 8:30 (o más, no pudimos comprobarlo) es nula. Aunque había otros huéspedes que raramente cruzábamos al entrar o salir, o durante la cena, el objetivo de socializar era evidente que no iba a cumplirse.La combinación funicular-metro-transvesubiano esta vez nos llevó hasta Sorrento. El viaje era más largo y llegamos a media mañana. Hicimos un recorrido rápido para verificar que, al menos para esta época del año y nuestra idiosincracia turística, hacer base en Sorrento en lugar de Nápoles, hubiera sido un error. Es una ciudad costera tranquila, sin atractivos especiales más allá de su vista espectacular de la bahía de Nápoles desde el sur. Era una mañana muy ventosa y tras un recorrido muy breve por la costanera intentamos localizar el lugar para tomar el bus de la costiera que nos llevaría a Positano, pasando antes por algún comercio para adquirir vituallas, ya que pensábamos que los precios en la costa amalfitana sería más caros. No encontramos ningún supermercado o similar por lo que nos conformamos con una panadería que ofrecía paquetes de galletas saladas y algo de fruta en una verdulería. Estábamos algo perdidos (Sorrento no es tan chico) y preguntando llegamos a la esquina, cruzando la estación del tren, donde un cartel indicaba la parada del bus. Al rato se nos acercaron otros turistas con la misma intención. Después de una espera un tanto prolongada se acercó un local que nos informó que el bus temporariamente no estaba transitando por allí (algún cambio de recorrido por arreglos?) y amablemente nos guió hasta el lugar donde, esta vez si, vimos llegar al bus y lo abordamos. Si bien llevábamos nuestras Artecard, que incluían este transporte, lo cierto es que en ningún momento de todo el recorrido amalfitano tuvimos que mostrarlas. Era subir al micro, buscar asiento y disfrutar del trayecto, nada más. Bueno, lo de disfrutar es un eufemismo. Aplica sólo a gente poco impresionable, nada asustadiza, y con cierta predilección por la adrenalina, entre la que me incluyo. El recorrido, tal cual me adelantaran los foros de internet, es alucinante y terrorífico a la vez.. una ruta de cornisa casi de una sola mano, sobre acantilados con mallas sobre los laterales para soportar eventuales desprendimientos. El cielo encapotado acentuaba la sensación. Las exclamaciones en distintos idiomas y el universal "ahhhhhhh" de los turistas de los asientos linderos musicalizaron el trayecto. Mi previsión no alcanzó para identificar la necesidad de estudiar la parada más conveniente en Positano. Supuse que no habría demasiado para confundirse, es más, creo que estaba convencida de que llegados a destino lo único para hacer era bajar junto con el resto de pasajeros a esa ciudad. Sabía que seguía hacia Amalfi y Ravello, pero no imaginé que Positano fuera tan extendido. Como resultado del error, a la primer indicación de Positano descendimos. El colectivo arrancó inmediatamente sin darnos tiempo a retractarnos de la decisión, lo que ocurrió al darnos cuenta que fuimos los únicos en abandonarlo. Bueno, no nos iba a amedrentar la caminata... Allá a lo lejos y hacia abajo, después de bordear la montaña, se divisaba un conglomerado más cerrado que supusimos sería el centro. El descenso se llevó bastante del tiempo que luego lamentamos no tener. Fue un paseo agradable, por el costado de la ruta, balconeando al vacío en algunos sitios. De a poco el espíritu del poblado comenzó a develarse en limoneros creciendo en laderas imposibles y mosaicos esmaltados; pese a las nubes el color empezaba de a poco a asomar en algunas flores y frentes coloniales y las rejas más trabajadas iban reemplazando las simple pared de concreto que nos separaba del vacío.
Algo más de movimiento y un ambiente coqueto nos indicó que habíamos arribado a Positano. Hay prácticamente un único camino a seguir, que acompañando la pendiente natural pasa por locales turísticos y finaliza en la playa. La playa es muy reducida, con arena fina y gris y, en ese momento, un mar embravecido que estallaba contra los peñascos cercanos. El almuerzo se limitó a consumir lo que habíamos comprado en Sorrento, sentados en un banco en la explanada de la iglesia. Ya en el centro verificamos que la Artecard no incluía el transporte local (unos colectivos pequeños) por lo que hicimos a pie el trayecto que nos llevó a la parada del bus de la costiera. La espera, bajo una llovizna persistente, fue larga. Cerca de una hora sentados en unos bancos sobre la costa, observando la rutina de los lugareños. En esta época y con ese clima el turismo estaba prácticamente limitado a nosotros y el resto de los transeúntes evidenciaban conocerse.
Llegado el bus iniciamos un camino similar al anterior hasta Amalfi, pero ahora con lluvia!
En Amalfi el colectivo para en una especie de Terminal, sobre la costa y a pasos del centro. Allí un cartel anuncia unos baños públicos a algo más de 1 euro. Preferimos aprovechar y consumir algo en algún sitio que incluyera baño, así de paso nos sacudíamos el frío.
El pueblo aparenta ser algo más grande que Positano, muy florido a pesar del clima. Recorrimos la calle comercial, ingresamos a una cafetería muy grande en su interior, donde consumimos algo caliente (cafés y chocolate), un trozo de torta exquisita pero no suficientemente grande y usamos el baño (no en muy buenas condiciones), todo por alrededor de 20€ (efectivamente la costa amalfitana es carísima). Compramos luego algunos jaboncitos de limón para uso inmediato, ya que en el B&B no los proveen, y una botellita de lemonchello para antes de dormir y, dado que la lluvia opacaba el paisaje y queríamos volver a tiempo para nuestra clase de pizza, nos dirigimos a la pseudo terminal para abordar el bus de regreso. La lluvia era ya copiosa y la espera fue larguísima. Si bien los colectivos estaban allí, pasó más de una hora hasta que pudimos subir e iniciar el recorrido, eran alrededor de las 17 hs.
La vuelta fue muuuuy lenta. Bajo la lluvia supongo que el bus avanzaba a menos velocidad de lo habitual (o no), El camino es muy sinuoso y lo único que anuncia un vehículo de frente tras la curva son los vocinazos. El tránsito, pese a la temporada y el clima, no era poco. Llegando a Sorrento encontramos un embotellamiento que poco tiene que envidiar a la Gral Paz a las 8:30, entrando en Capital Federal. El colectivo avanzaba a paso de hombre y no nos animamos a bajarnos antes y abordar el transvesuviano en otra estación. Cuando llegamos la estación estaba desierta. Un tren vacío y poco iluminado aguardaba en el andén pero no estábamos seguros si era el que nos llevaría de vuelta, y no encontrábamos a quien preguntar.. ya era de noche y dimos por perdida nuestra cena y capacitación gastronómica. Imaginábamos que Andrea estaría lamentando nuestra demora, aunque después supimos que el convite era para el mediodía
.
Llegamos muy tarde y cansados. Recurrimos por 2º vez a Fiorenzano (pollito con papas, fuimos a lo seguro, jaja) para cenar y al llegar nos enteramos que Andrea nos había buscado y si bien lo de la pizza ya estaba perdido, combinamos telefónicamente, a través de Magda, para esperarlo al día siguiente para abonar la estadía y recibir algún otro consejo para el día que quedaba.
Siendo aún temprano (algo así como las 20:30 o 21 calculo), con Omar y Milena decidimos aprovechar la noche y recorrer vía Toledo hacia las Galerías Humberto I y la Plaza del Plebiscito, toda una zona que no habíamos explorado aún. Como no sabíamos cuál sería el clima, y no me refiero a lo meteorológico, a esa hora y Omar guardaba cierta aprehensión en relación a la seguridad, la Nikon quedó en el cuarto y llevamos sólo la pequeña y vieja Sony que manejaba Milena y no es muy útil para paisajes nocturnos. Como en Venecia, la noche desertiza las calles en Nápoles. Vimos muy poco movimiento y la mayoría de los comercios cerrados. Vía Toledo es una avenida más moderna que lo que veníamos experimentando en la ciudad. La seguimos hasta toparnos con las Galerías Humberto I. Impresionate y completamente vacía. Continuamos por el Teatro San Carlos y llegamos a la Plaza del Plebiscito. Nos impresionó con sus columnatas iluminadas y la soledad circundante. Cuando la vimos a la luz del día, dos días después, parte de la magia ya no estaba. Omar insistía con la cuestión de la seguridad y la presencia de policías o gendarmes que custodiaban la plaza, (la circundan edificios de gobierno e históricos como el Palacio Real, el Palacio de la Prefectura, la Basílica de San Francisco de Paula y el Palacio Salerno) lo afianzaban en su percepción.
Emprendimos la retirada, y llegados a la estación del funicular nos anoticiamos que el horario de cierre había pasado y no nos quedaba otra alternativa que volver a utilizar nuestro músculos para ascender las escalinatas de Montecalvario.
Día 12
Martes 19 de marzo
Costanera, Cementerio de la Fontanella, Castillo del Huevo, Parque Virgilio y otros.
Último día completo en Nápoles. Nos despertamos temprano (7) y fuimos a tomar el desayuno al Bar Eccletico. Esta vez, para no equivocarnos pedimos cuatro cornetos rellenos de chocolate y 4 capuchinos. Volvimos al B&B para esperar a Andrea, que vendría a las 8:15, para poder hacer el registro y cobrar después del desencuentro del día anterior. Era el día del padre y de todos modos nos dedicó otra buena media hora para armar un programa intensivo. Siguiendo sus consejos desestimamos las muchas opciones que seguía habiendo para hacer en las afueras (desde Vesubio, a Capri, Ischia, Procida, o el Palacio de Caserta) para profundizar en la propia Nápoles que aún tenía mucho que ofrecernos. Una parte la habíamos vislumbrado la noche anterior y el resto fue surgiendo en la charla con Andrea.
Primera escala el Cementerio de la Fontanella. De lo explicado por nuestro anfitrión dedujimos que era una suerte de mezcla bizarra de mito y religión. El Cementerio es un antiguo osario que permaneció oculto muchísimo tiempo, lindero a una iglesia. A partir de las excavaciones que los sacaron a la luz, el espíritu napolitano que es tan particular para vincular lo religioso con lo esotérico, buscó exorcizar el miedo a la muerte que blande la iglesia, estableciendo un vínculo directo con los difuntos a través de favores. Por lo que entendí (por favor, si me equivoco no duden en comentarlo) funciona más o menos así: Un mortal elige una calavera y la rescata del masivo anonimato construyendo una "casita" que la acoja. Una vez beneficiado con los dones obtenidos por la intersesión del difunto en el más allá, la casita se enriquece con dádivas que van desde lo monetario (hay billetes y monedas de variada denominación) a lo emotivo (fotos, anillos, y recuerdos de lo más diversos).
Hasta allí lo que sabíamos, ni idea de que esperar ver o concretamente de qué clase de visita turística hablábamos. Llegar no fue sencillo. El lugar, si bien no estaba demasiado lejos y podía alcanzarse a pie, quedaba fuera de los límites del mapa de que disponíamos por lo que las indicaciones de Andrea nos sirvieron para llegar a los confines del impreso y, de allí en más, tuvimos que apelar a la buena voluntad de la gente. En Nápoles, a diferencia de las ciudades más turísticas, la gente en general está muy bien predispuesta con el turista, de hecho bastaba en ocasiones desplegar el mapa para que alguien se acercara a ofrecer su ayuda. Así, a pesar de que aparentemente no es un sitio muy conocido por los locales y definitivamente no indicado, con la colaboración de dos o tres napolitanos, llegamos a un portón, al costado de una iglesia, con una placa insignificante que anunciaba el Ciminterio de la Fontanelle, con las mágica palabra “gratuito”.
Fue entrar y sorprendernos. Creo que las fotos van a servir para explicar. Se trata de una excavación en la montaña (Nápoles es todo montañas) a modo de caverna con distintos espacios. Sobre todas las paredes, en la parte inferior, se agrupan huesos, con las calaveras prolijamente alineadas arriba. Delante de la pared de huesos, las dichosas casitas que efectivamente son eso, con calaveras adentro, junto a ofrendas de lo más diversas. El recorrido incluye imágenes de santos, crucifijos y unas lucarnas casi naturales (sin cierre) que dejan ver la vegetación del exterior y escuchar el canto de los pájaros. . Algunos transeúntes desconocían directamente el lugar.
Lo cierto es que el recorrido es sobrecogedor. Otra vez tuvimos la fortuna de estar solos (como en el Museo) pero acá es un plus invaluable. Recorrer las cavernas en soledad, bajo la luz mortecina que se filtra por unas aberturas en lo alto y la iluminación de piso estratégicamente diseñada para acentuar el efecto, es increíble. Además de los costados repletos de calaveras y huesos prolijamente apilados, las casitas y sus ofrendas, hay una capilla y unas esculturas apropiadísimas como una especie de santo harapiento y sin cabeza bajo un tragaluz. Imperdible!
Salimos realmente conmocionados, agradeciendo a Andrea la posibilidad de haber visto esto. El próximo punto era la Plaza del Plebiscito y sus aledaños (Teatro San Carlos, Galerías Humberto I, y la costanera) que habíamos atisbado la noche anterior. Para eso utilizamos la otra línea de metro (En Nápoles hay 2), que tiene unas estaciones más vanguardistas desde lo estético. Descendimos en plena Vía Toledo que a esa hora bullía de gente. Aprovechamos para alimentarnos con dulces al paso en alguno de los muchos puestos que hay en Nápoles. Aquí ceder a la tentación al paso fue mucho más barato que en nuestras otras etapas; a la sfogliatella se incorporaron otras delicias autóctonas como la zepolla de San Giuseppe, los cornetos y graffe rellenos(nuestros suspiros de monja). Las Galerías Humberto I no ofrecen mayor atractivo que el arquitectónico. Comercialmente los locales ahora abiertos no son ni lejos tan interesantes como sus pisos y cúpula vidriada.
El día era diáfano, con la temperatura ideal y vimos la Plaza del Plebiscito cerrada en parte con tanques, militares y vallas de plástico naranja (mucho menos intimidantes que los cierres de la Rosada) ya que creo que en esos días había elecciones y actos relacionados. Descansamos un rato en las escalinatas de la Basílica y verificamos que el conservacionismo arquitectónico no es una prioridad en Nápoles. El escenario en su conjunto resultaba más impresionante de noche, quizás porque ahora la plaza en sí estaba ahora invadida por gendarmes vallando o porque la luz del día deja al descubierto la falta de mantenimiento en general de los exteriores. Las paredes sucias, escritas y descascaradas no sólo identifican a Sccapanapoli, donde resultan casi imprescindibles para destaca la esencia, sino que también se observan aquí.
Descansamos en las escalinatas y continuamos por la costanera, con sus escolleras de enormes piedras blancas y los cruceros y el Vesubio de telón de fondo. El tiempo ayudó y el sol iluminó un paisaje espléndido. Llegamos e ingresamos al Castillo del Huevo, desde arriba hay una hermosa vista de la bahía. Continuamos por la costanera en busca de la heladería de Renny, recomendada por Andrea. Para llegar recorrimos el barrio de Chiaia, nos sorprendió la construcción de una nueva estación de metro y siguiendo el mapa encontramos el lugar al lado del mercado a cuyo final debía estar el restaurant de comida casera en el que “a veces” aún cocina la anciana de 92 años. Como lo nuestro era simplemente un helado, lo tomamos viendo por televisión parte de la ceremonia de asunción del papa, con conexiones incluso a Bs. As. De allí a las inmediaciones de la estación de Mergelina, para tomar un bus que nos llevara al Parque Virgiliano desde el que según Andrea, había vistas de 300°. Otro sitio poco indicado, reducto de exquisitos. El chofer nos indicó la parada y a partir de allí una caminata en subida de 15’ que definitivamente valió el esfuerzo. Era día festivo (por el día del padre) y el lugar, también de ingreso gratuito, estaba minado de grupos de adolescentes. Allí pudimos hacer uso de baños públicos, descansar en bancos con una vista increíble y tomar fotografías de catálogo.
Desandar el camino no fue fácil, pero lo logramos, con la ayuda del mapa y varios napolitanos. La próxima etapa era el Castel Sant'Elmo y la Cartuja de San Martino, que se encuentra en el Vómero, barrio al que llega en su 2° y último tramo el funicular, o sea, sobre nuestro Montecalvario.
Era día de cierre de la Cartuja y no estábamos muy convencidos de ingresar al Castel por la hora (estaba atardeciendo) y el escaso entusiasmo de las pocas recomendaciones previas. Desde fuera la visita no era demasiado prometedora. La entrada al Castillos se encuentra sobre un mirador que por su altura ofrece otra espectacular vista de la ciudad.. y van...
Desde aquí el retorno fue más sencillo, en colectivo hasta el funicular y desde allí unos minutos para bajar hasta "nuestra" parada. La frecuencia del funicular es muy buena, nunca tuvimos que esperarlo más de 10 minutos.
Esa noche, tras bañarnos, nos aprestamos a cenar en uno de los sitios recomendados por Andrea; L'angolo del Paradiso. Nos marcó en el maltrecho mapa una esquina escondida (luego supimos cuánto) en el Vómero. Bajando del funicular seguimos una de las calles principales que creímos nos llevarían a destino.. imposible, perdimos ubicación y nos desorientamos completamente. Un grupo de adolescentes alardeando de sus teléfonos con Internet intentó auxiliarnos pero no tenían idea de lo que buscábamos y terminaron cuestionando nuestra elección.. Como todo llega y lo que cuesta vale, terminamos encontrando el lugar. Como nos adelantaran, son muy pocas mesas en un espacio muy reducido, pero la rotación es rápida y tras una espera de no más de media hora en la vereda (hay sillas al efecto.. uno se anota al llegar) fuimos llamados y atendidos a cuerpo de rey. Entremés para la espera y unas pizzas buenísimas. Todo nos salió módicos 27,5 (casi lo mismo que el bar de Amalfi) y con tarjeta.
Esa noche la conexión de Internet fue imposible, literalmente, no llegué a abrir ninguna de mis bandejas de entrada... y lo comento porque fue un hecho con consecuencias.
Día 13
Miércoles 20 de marzo
Chau Nápoles.
Por la mañana tomamos nuestro último desayuno y decidimos recorrer de nuevo Spaccanapoli, para verlo de día y buscar un regalito que Milena quería comprar para Iara. El recorrido nos llevó también a Vía Toledo, donde conseguí unas botas en liquidación a 15 euros, al barrio Español donde Alejo se agenció una linda campera por 10, a la entrada del Castel Nouvo, y a una calle muy interesante con librerías de oferta (me encantan!!) allí le conseguí a mi mamá por 2 euros libros en italiano (obvio) de Agatha Christie. Nos aprovisionamos de unas madalenas para el viaje en un local sobre Vía Tribunalli después de discutir porque el precio que anunciaba el cartelito no se correspondía con el que pretendían cobrar....y cobraron
. Por fin en esta incursión por las callecitas de Sccapanapoli vimos el dichoso altar maradoniano en la plaza del Nilo e Ingresamos también en una curiosa iglesia sobre Vía Tribunalli que, en línea con lo que habíamos visto en el Cementerio de la Fontanella, rinde dentro de un interior clásico de iglesia un extraño culto a la muerte o a las ánimas del purgatorio: todas las barandas y varias esculturas presentan calaveras y fémures. Pasamos por la entrada de Nápoles Subterránea, pero estaba cerrada y el horario de apertura excedía nuestra ya escueta disponibilidad.
El tren salía a las 14:12 de la estación Central. En el B&B no había nadie y ya nuestro cuarto volvía a estar acondicionado para 3. Sólo dejamos las llaves y un mensaje en el libro de visitas y salimos con tiempo que entendíamos más que suficiente. Cuando el metro no llegaba y la gente comenzaba a agolparse en el andén temimos seriamente nuestro primer contratiempo grave en el viaje . No supimos cuál fue la causa de la demora.. cuando finalmente llegó apenas pudimos entrar con nuestras valijas. El viaje, si bien era breve, fue complicado. Íbamos todos tan apretados que una mujer casi se desmaya y hubo que abrir las ventanillas. En la estación central buscamos nuestro coche a Roma. Nos tocó esta vez un compartimento cerrado, que compartimos con una joven muy atildada, al punto que sacó de su escueto equipaje una toallita de lino que ubicó en el asiento tras su cabeza, y un señor mayor que se pasó casi todo el recorrido tratando de coordinar una visita de venta con alguien en Roma.
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